jueves, 21 de febrero de 2019

Babel



La Torre de Babel (1563). Pieter Bruegel (1525-1569)



En un ensayo de principios de esta década, Mary Louise Pratt lamenta que los estudios sobre la globalización hayan puesto poco interés sobre el tema del lenguaje; escribe la autora: “Si escogemos una de las docenas de antologías sobre globalización, es probable que no encontremos un solo registro de ‘lenguaje’ en el índice; seguramente tampoco encontraremos un capítulo sobre él en la tabla de contenido”. Acto seguido, con deliciosa coherencia, Pratt vierte una docena de páginas sobre el asunto marginado; páginas en las que denuncia la discriminación y control implementados por muchas sociedades con base en las habilidades idiomáticas de las personas, y en las que también celebra la potencia de extroversión del lenguaje, facultad humana del todo incontrolable por cualquier política o mecanismo administrativo igualmente humanos. “Dondequiera que haya linderos, la lengua los franqueará”, es la conclusión.
        Para la profesora de New York University, los humanos de hoy en día participan al menos en tres escenarios en que los intercambios idiomáticos fundan situaciones culturales particulamente nutricias: las migraciones —que suponen una “redistribución de las aptitudes lingüísticas”—, los eventos mundiales a escala planetaria —donde la comprensión se consigue más allá del lenguaje formal— y las expresiones artísticas o textuales en que conviven dos sistemas lingüísticos distintos, uno alojando al otro, y que Pratt ilustra con el pintoresco ejemplo del hip hop boliviano en que se mixturan español, aymara y portugués. Con todo, hay una imagen de colores más surtidos e intensos en su ensayo: una anécdota neoyorquina que busca ilustrar la comprensión entre quienes, a duras penas, comparten el mismo código lingüístico. Un hombre ha robado una botella de agua en el minimarket de una coreana, y un dependiente mexicano que pretendía perseguirlo es atajado por un transeúnte jamaiquino, de modo que ambos, ante un público integrado por un guatemalteco y una estadounidense —Pratt—, discuten en inglés sobre la pertinencia de emprender o no la persecución: el mexicano se siente obligado a defender los intereses de su patrona, mientras que el otro cree que lo que debe hacer es defender su propia vida y no seguir al delincuente. Pero la discusión, sin importar lo que cada uno juzgue conveniente hacer, se lleva a cabo sobre una idea compartida más allá de los idiomas o sus semánticas particulares: hay algo llamado “el sistema” que obliga a tomar decisiones contrarias a la voluntad, que tanto abarcan la convicción del mexicano de perseguir a un ladrón como el consejo del jamaiquino de dejarlo huir para evitar altercados. En resumen: aunque aquel día cada quien interpretó el sistema a su modo, afloró un “indicador de éxito”, consistente en que se mostró altruismo y, de paso, se evitó la violencia. Por supuesto, el ladrón escapó.
        Puede decirse, dejando la anécdota momentáneamente de lado, que la inquietud general de Pratt sobre el valor de la diversidad lingüística en la cultura ha sido, desde mucho tiempo atrás, un tema conocido por la reflexión antropológica. En los albores del siglo XX, James George Frazer escribió sobre el vivo interés que esa diversidad lingüística suscitó incluso entre los pueblos más antiguos; lo hizo en El folklore en el Antiguo Testamento (1907-1918) y se refirió particularmente a la historia de la Torre de Babel, relato con que los antiguos hebreos quisieron explicar el origen de la pluralidad de las lenguas. El lector recordará los rasgos generales de la leyenda: los primeros hombres quisieron construir una torre tan alta que les permitiera llegar al cielo, al mismo tiempo que tener una referencia material para no perderse nunca —la torre podría verse desde cualquier lugar de la tierra—; sin embargo, Dios sintió recelo —Frazer cree que, también, envidia— e hizo que cada quien hablara una lengua distinta, de manera que los afanosos obreros no pudieran entenderse y les quedara, apenas, la opción de dispersarse. Llama la atención que esas páginas —todo el capítulo quinto del grueso volumen— no sean más célebres: porque no solo ocurre que la consabida historia babélica es reconstruida con base en el texto original y las glosas de los comentaristas bíblicos, sino que, también, el antropólogo escocés confirma las dotes de humor que ya habían destellado en La rama dorada (1890). En efecto, no podría ser más hilarante el recuento que hace Frazer de las explicaciones delirantes dadas por algunos investigadores bíblicos a la cuestión del origen de la diversidad lingüística; estas líneas lo muestran sin usura: “Otro escritor sostuvo la tesis de que Adán había hablado el vasco; mientras que otros, adelantándose a las mismas Escrituras, introdujeron la confusión de lenguas ya en el Edén, y así afirmaron que Adán y Eva hablaban el persa, que la serpiente había hablado en árabe y que el afable arcángel Gabriel había conversado con nuestros primeros padres en turco. Pero no acaba ahí la lista de escritores excéntricos: hubo otro que sostuvo seriamente que el Todopoderoso se había dirigido a Adán en sueco, que Adán había respondido en danés a su Hacedor y que la serpiente había tentado a Eva en francés”.
          De regreso a la Torre de Babel —se la ve fácilmente a la distancia—, interesa formarse una idea general del suceso sagrado: la pretensión humana de alcanzar una comunicación perfecta con Dios —cara a cara— tiene como resultado incomunicación y separación radicales entre los hombres. Y como materialización de todo eso, una torre formidable se levanta en la mitad del mundo: una torre que, así hubiera sido pensada para acceder a otro lugar, lo que a la postre termina subrayando es su carácter de muralla y parapeto para la defensa, esto es, lo que ella tiene de dispositivo para la segregación y el ocultamiento. Pues bien, sobre esa imagen invocada por Frazer coincide, por inversión, la imagen implícita en la anécdota neoyorquina de Mary Louise Pratt: en la “capital del mundo”, a lo que se asiste es a la reunión de un puñado de personas amarradas a diversas tradiciones lingüísticas, pero que a pesar de eso convergen y pretenden comunicarse. No ha caído sobre ellos, como un castigo, la cualidad de ser distintos; antes bien, han traído esa distinción —por ejemplo, la manera como cada uno percibe el “sistema”— como un aporte a la comprensión última en que deviene su encuentro fortuito. Pero la semejanza invertida no se reduce a esa disposición de ánimos: si ese encuentro tiene lugar en la Nueva York del siglo XXI, ello implica que se trata de una ciudad en la que la gran torre ha sido reemplazada por su inmenso vacío. En el primer caso, los hombres adquieren la diversidad lingüística y, partiendo de la torre, se dispersan; en el segundo, los hombres traen su diferencia idiomática y se congregan en un lugar donde la torre no es otra cosa que ausencia. La gran mole sería algo así como el símbolo de una obsesión rabiosa por lo divino que, en muchos momentos de la historia, ha impedido a los hombres entenderse.
      Quizá sea cierto que los teóricos de la globalización, interesados por los frenesíes económicos y las mutaciones políticas, hayan descuidado, en sus pesquisas, la veta lingüística. Por fortuna, el lenguaje nunca ha perdido el interés sobre sí mismo, de suerte que —como una cápsula del tiempo— guarda en sus entrañas los elementos suficientes como para que, quien se ponga en ello, logre resolver las ecuaciones sobre la vida de las palabras al interior de la cultura. El tema esencial de toda manifestación lingüística es el lenguaje mismo. Claude Lévi-Strauss, a quien encantaban las simetrías narrativas como aquella en que se vinculan las explicaciones de Pratt y Frazer, lo supo mejor que cualquier antropólogo.


La Torre de Babel (1563) (detalle). Pieter Bruegel (1525-1569)

jueves, 31 de enero de 2019

Antropología de la noche



El fumador (1645). Georges de La Tour (1593-1652)


                                                                                                                  En memoria de Robert Dover


Por oscura que sea la noche, cuando se la entiende como asunto de interés antropológico se antoja más rutilante que un día de verano. Además de que el fenómeno nocturno ha tenido una influencia determinante en la vida del hombre desde su mismo origen —esto es, desde que el hombre es hombre—, su carácter de cosa densa e insondable ha dado cabida, en las tradiciones de los pueblos, a las ideas, imágenes y sentimientos más diversos. Los párrafos que siguen contienen apenas un puñado de esos temas: algo así como las pocas cosas que, en una noche larga, deja ver un relámpago fugaz.
        La potencia termodinámica de la cultura humana se debe, en buena parte, a la noche. Porque la producción del fuego por obra de los hombres, así se remonte a un momento ignorado del largo Paleolítico, sí se debe a dos factores perfectamente conocidos: el frío y la oscuridad. De la segunda, la noche es la cara por excelencia, porque, por más lobreguez que haya en el seno de una caverna, de esta se puede salir a voluntad: algo que no puede hacerse en el caso de la noche, cuyo imperio es inconmensurable y su final no depende del deseo humano. Aunque es indiscutible que la necesidad de reunirse en grupo —en cálido grupo— estimuló a los Homo erectus a propiciar una fogata y acomodarse en torno suyo, parece probable que lo primero que debió azuzar su inventiva fue el miedo a la oscuridad. Las tinieblas no solo actualizan un terror grabado en los genes de la especie, sino que, objetivamente, esconden amenazas materiales. La fama imperecedera del “tigre dientes de sable” se debe en buena parte a las tesis de Charles K. Brain, paleoantropólogo surafricano a quien se le ocurrió pensar que en el ataque nocturno de esa fiera sigilosa se había originado el miedo a la oscuridad que todavía hoy nos desvela. Con independencia de la realidad de ese anecdotario cruento y tremendista, al menos es una verdad irrefutable la que el etnolingüista Daniel Everett divulgó, hace una década, en un informe etnográfico sobre los pirahã del Amazonas: que esos nativos, aterrorizados ante la sola idea de las serpientes que los acechan desde la oscura fronda selvática, no logran pegar el ojo en toda la noche.
         De la obsesión por la noche a la mitología hay apenas un paso, y de ahí que las alimañas nocturnas denunciadas en las últimas décadas por arqueólogos y etnógrafos ya aparezcan mencionadas en relatos inmemoriales de varios pueblos. En efecto, los kraho del cerrado brasileño, en Tocantins, cuentan que en otro tiempo reinó una “larga noche”; una noche inacabable y terrible durante la cual los primeros hombres, al salir a buscar las cortezas y hojas podridas que estaban obligados a comer, se exponían al ataque de los mosquitos, saltamontes y monstruos que se confundían en la oscuridad. Por eso los kraho se espantan con los eclipses de sol: pasa por sus cabezas la idea de que la “larga noche” ha vuelto. Pero también en Occidente las tinieblas mitológicas rebosan de huéspedes: los griegos, cuya representación de la noche era Nix, amarraron a su figura, con sus lazos parentales, todos los misterios humanos. Según cuenta Hesíodo, Nix era hija del caos y hermana de Érebo, la oscuridad; tuvo en primera camada a Éter —el brillo puro—, Hemera —el día— y Eros —el amor—, y luego parió a incontables vástagos, entre ellos Moros —el destino—, Ker —la perdición—, Tánatos —la muerte—, Hypnos —el sueño—, Geras —la vejez—, Ezis —el dolor— y Apate —el engaño—. Un censo como ese aclara por qué el poderoso Zeus, quien no tenía por qué temer a nadie, procuraba especialmente no hacer enfadar a Nix; de acuerdo con Homero, el rey de los dioses no quiso tomar venganza contra Hypnos a pesar de que lo había adormecido para facilitar un plan malicioso de Hera, y no lo hizo únicamente por ser, el traicionero Hypnos, hijo de quien era. Meterse con la noche —habrá pensado Zeus— era desafiar los poderes nefastos de sus vástagos.
        Por supuesto, la peculiaridad de la noche es algo más que un asunto de sugestiones mitológicas, miedos freudianos o predadores amparados en la oscuridad selvática. La vida nocturna en las ciudades modernas, dispuesta para el examen del antropólogo más incauto, lo deja ver con claridad. Y no se trata apenas de que, como en el Paleolítico o la jungla, la urbe tenga sus propias fieras agazapadas en la oscuridad —nada más fácil que hablar de los criminales y gentes extravagantes que aprovechan la noche para entregarse a sus negocios y desvaríos—: también es necesario mencionar que, por aquello de los ritmos biológicos y sociales, los hábitos nocturnos están más cerca del ocio que los hábitos diurnos, estos comúnmente orientados por las agendas del deber y la labor. Al Álvarez, en su magistral ensayo La noche. Una exploración en la vida nocturna, el lenguaje de la noche y los sueños (1994), explica que la actividad nocturna de las urbes sólo pudo ser posible cuando, hace dos o tres siglos, se implementaron sistemas de iluminación propiamente dichos, y que estos eran privilegio de la gente acaudalada. Para decirlo de modo más redondo: fueron los ricos los primeros que aprovecharon el tiempo de la noche para algo más que dormir, y lo hicieron sobre todo con el fin de divertirse, mientras que el pueblo raso se acostaba y se levantaba con las aves, vencido tras una dura jornada de trabajo. De ahí que nuestras rutinas nocturnas estén imbuidas del espíritu del ocio. Por supuesto, hay otras maneras de expresar la ruptura social entre el día y la noche: por ejemplo, el sociólogo argentino Mario Margulis ha dicho que, en la noche, “la ciudad es de los jóvenes mientras los adultos duermen”. Alguien ha advertido también que los edificios de las grandes ciudades, ramplones en el día, en la noche fulguran como cascadas de neón.
       Se pensará que la noche —temible y desaforada— es, mutatis mutandis, un mismo tipo de experiencia para todos los hombres. Nada más falso, habida cuenta de la inagotable variedad de las costumbres humanas. Entre las primeras cosas que llamaron la atención de Bronislaw Malinowski en la aldea de Omarakana, en las islas Trobriand, fue la serenidad con que los nativos se internaban en la noche, libres del miedo que en otros lugares inspiran los maleantes, los tigres o los fantasmas. Escribe el etnógrafo en Baloma. Los espíritus de los muertos en las islas Trobriand(1916): “Por lo general, se da una notable ausencia de miedo supersticioso a la oscuridad y nadie pone peros a caminar en soledad y por la noche. Yo he enviado a muchachos, que por cierto no pasaban de los diez años de edad, a que recogiesen, a distancias considerables y durante la noche, objetos que había dejado adrede, y hallé que eran sorprendentemente intrépidos y que por un poco de tabaco estaban del todo listos a ir”. Este caso obliga a concluir que cualquier tesis sobre los miedos atávicos de la especie humana tendría que descartar la tiniebla nocturna como su fuente principal, y quizá por eso algunos psicólogos han puesto sus ojos sobre las arañas y los seres voladores.
        La noche, común al mismo tiempo que singular —abierta al entendimiento al mismo tiempo que misteriosa; profana y sagrada— quizá no sea necesariamente espantable. Pero ella —junto con el mar— es lo más sugestivo que ha conocido el hombre.


Jugadores de dados (1651). Georges de La Tour (1593-1652)


viernes, 14 de diciembre de 2018

Menú funcionalista



Naturaleza muerta con búho (1943). Frida Khalo (1907-1954)



Las reflexiones antropológicas e históricas sobre la comida han vivido, en lo que va del siglo XXI, días de esplendor: se las sirve a la carta, para decirlo con las palabras justas. Los libros sobre el tema, con carátulas y títulos sugestivos, se encuentran por decenas en las vitrinas comerciales, y no son pocos los periódicos que publican varias columnas gastronómicas por semana. Sin embargo, ello es apenas natural en un mundo cuyas rutinas mediáticas casi han reducido las particularidades culturales y nacionales a platos de comida —estar en Francia es poco más que trepar a la torre y atragantarse de foie gras—, y en el que la gourmetización de la cocina tradicional se ha convertido en el negocio más rentable. Lo cierto es que, muchas décadas atrás, la antropología clásica ya se había interesado por el tema; por lo menos eso es lo que deja ver un menú recomendado por tres chefs de la antropología funcionalista.
        El plato de entrada lo sirve Bronislaw Malinowski, el fundador de la escuela, y quien se interesó por el uso de la comida como medio para establecer y celebrar las relaciones de reciprocidad. Es ya clásica la descripción que en “Baloma: Los espíritus de los muertos en las islas Trobriand” (1916) se hace del sagali, aquel intercambio ceremonial e interclánico de ñame cocido que, en esa parte del continente oceánico, tiene lugar al término de las cosechas. La relevancia sociológica de la práctica no esconde, sin embargo, lo desabrido del plato, y por eso resulta mucho más llamativo un puchero de taro que se prepara en los atardeceres inocuos. El chisme culinario se revela en La vida sexual de los salvajes (1929): el tubérculo —Colocasia sculenta— es puesto a hervir dentro de grandes ollas de barro y se le agrega pescado o carne de cerdo. Se trata de una preparación sencilla pero apetecida, y de la cual solo pueden ocuparse las mujeres, aunque se entiende que, durante las arriesgadas expediciones kula en mar abierto, corresponde a los hombres aderezar su propia pitanza. Es en Jardines de coral y su magia (1935), la última de sus monografías etnográficas, donde Malinowski revela un dato crucial sobre las cualidades gastronómicas del taro: los espíritus de los muertos prefieren ese tubérculo entre los demás productos de las huertas —y son numerosos—, de modo que mientras los vivos intercambian sus sosas  bandejas de ñame, los balomas se hartan de gachas y budín fabricados para ellos con base en los taros recién cosechados.
        También humea el simbolismo en el plato fuerte de nuestro menú. Este corre por cuenta del pueblo nuer, cuya indeleble fama etnográfica procede del libro homónimo que E. E. Evans-Pritchard publicó en 1940. Empeñado en mostrar la obsesión por el ganado vacuno que caracterizaba a esa etnia del Sudán, el antropólogo inglés ofrece una pintura inolvidable de viandas de origen animal entre las que, por supuesto, no son la leche cuajada o la carne a la brasa lo que más llama la atención. Lo es, sobre todo, la sangre asada. Cuenta el etnógrafo que los indígenas aprietan el pescuezo de una vaca con una cuerda, con la idea de que sus venas cobren relieve y pueda pinchárselas con facilidad. Un chorro más o  menos vigoroso de linfa roja llena un cuenco al cabo de algunos segundos, lo que permite retirar la cuerda y tapar la herida con un poco de boñiga, sin que la vida de la vaca haya sido puesta en riesgo. La sangre recogida es calentada y, cuando cuaja, se fabrican gachas con ella. Otra parte del cocido se deja al fuego hasta que deviene en un bloque sólido, y se lo come sin ningún aderezo después de tajarlo, como si se tratara de un embutido. Para los nuer, esa práctica culinaria encuentra justificación en su efecto sanatorio, pues creen que las vacas son, a la postre, las grandes beneficiarias: según ellos, los animales sangrados comen con mayor apetito y son más fértiles. Pero en los entresijos de su conciencia laten otras justificaciones, como puede serlo el que, al comer esa sangre, los humanos participan de la sustancia de unos animales con los que, incluso, comparten el nombre (en efecto, refiere Evans-Pritchard que los jóvenes reciben como nombre iniciático el apelativo de uno de los bueyes de su padre). Como quiera que sea —más allá de los escrúpulos veterinarios o de las costumbres nominativas—, también es absolutamente cierto que los nativos encuentran deliciosa la sangre asada.
        El postre lo representan los datos vertidos en Nosotros, los tikopia (1936) de Raymond Firth. Como su maestro Malinowski, el antropólogo neozelandés se interesó por observar el papel cumplido por los alimentos en el teatro de las relaciones sociales; pero, más profano que su mentor, Firth puso el foco en la vida cotidiana: allí donde la comida rueda de unas manos a otras, sin que deba seguirse la minuta de ningún protocolo ceremonial. El breve relato de la preparación de un pudín de coco sirve el mejor ejemplo: un día cualquiera, Pa Taitai ralla la blanca carne de la fruta mientras su hijo bebé trepa por uno de sus muslos; después, el hermano de su esposa estruja las ralladuras para exprimir la leche, y esta, en manos de Pa Taitai —había ido a bañarse y ahora está de vuelta—, se mezcla con cuatro puñados de harina de masoa hasta que alcanza la textura de la leche condensada, tal como se la conoce en Occidente. Entonces el chef polinesio grita a las chicas de casa para que apronten el horno de piedras calientes, y, cuando eso sucede, la suspensión es vertida en cuencos de cáscara de coco que, a su vez, son tapados con hojas de platanera. Al final de la cocción, la familia disfruta de una golosina suave a modo de pasta fina de pequeñas partículas, nada grumosa y con intenso sabor a coco. La abuela carga al bebé y, como si se tratara de un polluelo, le comparte la masa directamente desde su boca.
        En las primeras décadas del siglo XX, la revelación de que la vida social funcionaba a modo de mecanismo de relojería concentró la atención de expertos y legos. La máquina fue apreciada sin que, a veces, se repararan los preciosos detalles de algunas de sus partes. Fue eso, precisamente, lo que sucedió con la comida: se la vio como poco más que la materialización casual de las fuerzas sociológicas —o, según Malinowski, como el punto de contacto de las grandes ruedas del parentesco y la economía—, y no como manifestación de un frente cultural autónomo y complejo, digno de un enfoque especializado con visos de disciplina. Bastará decir que el recetario incluido en Nosotros, los tikopias, en el que Raymond Firth describe las principales propiedades y exigencias culinarias de 24 tipos de alimento, no se hizo célebre entre los lectores especializados ni siquiera como curiosidad. Clifford Geertz y Mary Louis Pratt, quienes desempolvaron —cada quien por su lado— las páginas del grueso tratado de 1936, pusieron los ojos nada más que sobre los primeros párrafos del capítulo inicial, en los que, con indudable colorido, se da cuenta del paso del Southern Cross frente a la costa de Tikopia, envueltas la tierra y la nave por el frío de la madrugada. En cierto sentido, ellos, así como muchos otros antropólogos, se interesaron en leer la novela mientras la cena se enfriaba sobre la mesa.



Naturaleza muerta con trozo de carne (h. 1863). Claude Monet (1840-1926)

lunes, 26 de noviembre de 2018

San Sebastián de Andamán



San Sebastián (1610-1614). El Greco (1541-1614)


El 16 de noviembre de 2018, el joven misionero estadounidense John Allen Chau desembarcó clandestinamente en la isla Sentinel del Norte, en el archipiélago de las islas Andamán y Nicobar, en pleno golfo de Bengala. Obsesionado con la idea de charlar sobre Cristo con los huraños nativos, Chau no solo violó una prohibición de las autoridades indias que busca preservar a la vulnerable población sentinelesa del contagio de las enfermedades occidentales; sobre todo, retó la proverbial hostilidad de un pueblo que, sin que haga falta preguntar las razones, desde hace siglos decidió mantenerse aislado del resto del mundo. El misionero pagó cara su osadía, pues, como San Sebastián en Roma, fue asaeteado sin piedad. Su cuerpo, según informó BBC News, fue abandonado en la playa.
        Apenas sorprende que la noticia, al rodar por el mundo con la velocidad y estridencia con que este tipo de sucesos son anunciados por las redes sociales, no haya incluido alguna referencia antropológica particular. Para decirlo con las palabras justas: como no sea a los antropólogos nostálgicos, a nadie ha llamado la atención que en la necrológica del misionero no se incluyan alusiones a Los isleños de Andamán (1922), la única monografía propiamente etnográfica de A. R. Radcliffe-Brown. Difícilmente podría ser de otra manera, pues ni siquiera cuando se publicó —hace poco menos de un siglo— esa obra descolló entre los lectores especializados. En parte, ocurrió que el brío de la experiencia en campo se apagó durante los seis años en que se dilató la escritura del informe; asimismo, terció la fatalidad de que, una vez terminada la monografía en 1914, la Primera Guerra Mundial obligó al cierre de las imprentas; pero, sobre todo, debe tenerse en cuenta que, cuando el libro por fin pudo ver la luz en 1922, era otra obra antropológica la que copaba el espacio en las vitrinas de las librerías: Los argonautas del Pacífico occidental, el tratado capital de Bronislaw Malinowski, considerado por no pocos críticos de la ciencia del hombre como el rival, por excelencia, de Radcliffe-Brown. Para colmo, el etnógrafo de Andamán firmó el libro con su nombre civil, que años después alteró por parecerle un homenaje exagerado a un padre que apenas conoció: “A. R. Brown”. Quizá no haga falta mencionar la queja de Adam Kuper a propósito del intenso tufillo difusionista que se percibe en la monografía.
        Los isleños de Andamán, empero, bien puede ser considerada —más allá de toda suspicacia crítica— como un franco aporte a la naciente teoría funcionalista. A pesar de que, cuando llegó a Andamán en 1906, Radcliffe-Brown albergaba el proyecto de reconstruir la historia cultural de las comunidades negrito, en algún momento optó por un estudio durkheimiano sobre las costumbres, de las cuales quiso conocer sus finalidades últimas. Con esa idea, el antropólogo inglés clasificó los hábitos de los nativos en tres grupos: técnicas, reglas de comportamiento y costumbres ceremoniales. Esta última categoría fue la que más le interesó, pues, al entender que las actuaciones públicas permiten expresar y fijar las emociones y sentimientos más útiles para el mantenimiento del orden social, pudo trazar las primeras líneas de un dibujo teórico en cuyo pulimento se empeñó hasta el final de sus días. La epifanía etnológica corrió por cuenta de las comunidades del grupo de islas de Gran Andamán, en la parte norte del archipiélago, que fue donde Radcliffe-Brown se radicó durante varios meses. Así como al proyecto de la reconstrucción histórica, el investigador se vio obligado a renunciar a la idea de hacer etnografía en la isla de Pequeño Andamán, sembrada mucho más al sur, no lejos de la isla Sentinel del Norte. Según confiesa en la introducción de la monografía, lo habrían persuadido razones de índole lingüística: “Habría querido concentrarme casi exclusivamente en los nativos de Pequeño Andamán, de los cuales se sabe tan poco. Sin embargo encontré que, en el tiempo que tenía disponible, no podía trabajar satisfactoriamente con ellos debido a la dificultad del lenguaje. Los nativos de Pequeño Andamán no conocen un idioma que no sea el suyo, el cual apenas se relaciona con los idiomas de Gran Andamán”. Radcliffe-Brown calculó que habría tardado hasta 3 años en aprender la lengua local a un nivel que le permitiera hacer preguntas comprensibles y, sobre todo, entender las respuestas de los isleños.
        Cabe suponer que el desconocimiento de cómo hablaba la gente de esa parte del archipiélago no obedecía, apenas, a un descuido venial de los antropólogos. Radcliffe-Brown apunta que la etnia jarawa, radicada en la parte sur, se mostraba abiertamente hostil por los días de su estadía etnográfica; y cuenta también que en 1870 habían atacado con ferocidad a los presidiarios indios y birmanos de la colonia de Port Blair, así como a algunos cortadores de árboles que tenían sus campamentos junto a la playa. De hecho, siglos atrás, el escenario de Andamán ya había suscitado el recelo occidental. Marco Polo, por ejemplo, escribió: “Los habitantes son idólatras, y son una raza brutal y salvaje; tienen cabezas, ojos y dientes que se parecen a los de las especies caninas. Sus disposiciones son crueles, y a toda persona que no sea de su nación le pueden echar mano para matarla y comerla”. Cesar Friederike, quien pasó por Nicobar en 1556, advirtió que la fama de caníbales de los andamaneses se debía, posiblemente, nada más que a la mutua desconfianza que reinaba entre las diversas etnias, pero aún así no descartó que, eventualmente, alguien que se extraviara por aquellas costas pudiera ser incluido en el menú del día: “Si por casualidad algún barco se pierde en esas islas, como ha ocurrido con muchos, ninguno de sus tripulantes se escapará de ser comido o, al menos, de encontrar la muerte”. Eso sí, el navegante advirtió que, en todo caso, los isleños preferían pasar inadvertidos por vecinos y forasteros: “Estas personas no tienen ninguna relación con otras, ni practican el comercio con nadie, pues viven nada más que de los frutos que producen estas islas”. A este cuadro de apatía Radcliffe-Brown agrega el dato de los expedicionarios chinos y malayos que, en diversos momentos, llegaron a esa parte de Andamán en busca de nidos y aves comestibles, y que fracasaron a la hora de establecer “relaciones amistosas” con los nativos.
        Es muy poco lo que Los isleños de Andamán deja conocer a propósito de la vida que, en la primera década del siglo XX, se llevaba en Sentinel del Norte, la isla en que murió John Allen Chau. Que los nativos solían construir grandes campamentos de cacería en los que podían alojarse hasta 12 familias y que labraban toscas canoas en los troncos de árboles curvados lo supo Radcliffe-Brown gracias a Gilbert Rogers, un aventurero que visitó la isla en 1903 y que, por lo visto, volvió para contarlo. Pero los informes más detallados fueron levantados entre las frías paredes del British Museum, donde reposan algunos objetos procedentes de Sentinel del Norte. Lo curioso —o lo siniestro— es que esas piezas de vitrina quizá sean las que más se parezcan a los instrumentos con que los isleños del siglo XXI dieron muerte al misionero: un arco y una flecha para pescar. A propósito del primero, escribe el antropólogo: “Está hecho de un tipo de madera diferente al utilizado en Pequeño Andamán. La longitud es de 155,5 cm, y la anchura en el centro es de 4,3. La parte del medio es ligeramente diferente a la del arco promedio de Pequeño Andamán, pero tiene la misma característica de mayor convexidad en el exterior y menos convexidad en el lateral […] No está adornado con un patrón pintado o inciso”. El buen tamaño, la forma aerodinámica y la sobriedad ornamental se antojan como los más adecuados para albergar y expulsar una flecha diseñada para ser letal, “con cuatro puntas atadas a un eje de madera, y donde cada púa está afilada por una pieza de madera desprendida al final”. El tecnicismo de la descripción no hace otra cosa que, prospectivamente, intensificar el dramatismo del episodio acaecido el 16 de noviembre último.
        Un lanchero anónimo se acerca a la costa de Sentinel del Norte y deja a un misionero en el agua, con el mar chocando contra sus muslos. Este hombre, casi como Jesucristo en el lago Tiberiades, avanza entre las aguas mientras recita un versículo fervoroso. Sobre la playa, un puñado de nativos con los arcos de pesca en ristre apenas se interesa por la letanía, y, sin perder el tiempo en advertencias, dispara contra el inopinado visitante. Este, vestido de púas como un erizo, sigue su camino hacia el grupo de sus hermanos infieles, y antes de llegar se desploma. Los pescadores enlazan el cuerpo y lo arrastran hasta la playa, y acto seguido desaparecen entre la fronda costera. Aunque cabe la posibilidad de que todo eso no haya sido más que la celebración de un rito, cualquier idea concluyente sobre sus finalidades solo podría vislumbrarse bajo la luz de las teorías de Radcliffe-Brown.


El martirio de San Sebastián (1577-1578). El Greco (1541-1614)
            

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Pelota caliente



Jugadores de béisbol que practican (1875). Thomas Eakins (1844-1916)


Doug Glanville, jardinero central de los Phillies de Filadelfia y de otros equipos de la MLB, dijo alguna vez que el béisbol había sido para él como un ejercicio de antropología, puesto que le había permitido vivir en estrecho contacto con gentes de diversas culturas. Esta frase rosácea —tan rebosante de armonía planetaria— no debe ocultar el hecho de que quien la profirió no es antropólogo; porque, a juzgar por lo que han constatado los etnógrafos profesionales, quizá ocurra todo lo contrario: que el béisbol propicia la feroz rivalidad al interior de una misma comunidad.
        En 1959, el antropólogo J. R. Fox visitó Cochiti, un asentamiento de indios pueblo en Nuevo México. Grosso modo, el científico pudo constatar que Ruth Benedict, su famosa colega, se había equivocado de cabo a rabo al suponer que a estos nativos los caracterizaba una personalidad tranquila, reflejo del patrón cultural “apolíneo” que ponía en orden todas las formas y acciones de la vida social. A Fox se le hizo evidente que, al menos en Cochiti, reinaba la más profunda desconfianza entre los pobladores, y así lo consignó con palabras que más parecen las que Benedict dedicó a la lejana y maligna cultura dobuesa: “Toda persona es sospechosa […]. Todas las relaciones interpersonales están llenas de peligro y solo hay pocas personas en las que se pueda confiar plenamente. Especialmente las mujeres no confían unas en otras”. Este último dato remite al estado de permanente histeria en que vivían las esposas a causa de las mil aventuras de sus maridos. Con todo, varias razones impedían que las damas pueblo se arrancaran los cabellos: una era que acusar a otra mujer de hechicería —según se creía, era el origen de todos los males— podía llevar a un peligroso rompimiento del equilibrio en que convivían los dos grupos de parentesco que conformaban la comunidad. Pero la más importante razón era que la cultura pueblo promovía la salud de ese crítico equilibrio con instituciones que no subrayaban la oposición fundamental y que, antes bien, favorecían la cooperación entre los que no eran parientes. Por ejemplo, los juegos de cucaña —tradicionales en Cochiti— conformaban sus bandos con arreglo a categorías tan gruesas y transversales como las de “solteros” y “casados”, y jamás echaban mano de las segmentaciones basadas en diferencias de sangre. El béisbol, sin embargo, vino a cambiarlo todo.
        Acabada la Segunda Guerra Mundial, los nativos que habían sido enrolados regresaron a Cochiti con la idea de conformar el equipo de los Silversmiths y avivar así una enmohecida pasión local por el deporte de la “pelota caliente”; pasión que, en su momento, había llevado a la conformación del viejo equipo de los Eagles, la única escuadra que, hasta ese momento, participaba en la Inter-Pueblo Baseball League (la ILB, como cabrá suponer). Con el tiempo, los equipos acabaron por llamarse, respectivamente, Braves y Redskins, y sobra decir que el cambio de nombre no supuso ningún lío, muy a pesar de que una etiqueta insinuara que los oponentes eran cobardes y que la otra significara la aceptación, harto subalterna, de la condición “pielroja”. El verdadero problema estuvo en que la conformación de cada equipo se hizo sin seguir ninguna regla social y que, entregado cada quien a su voluntad, se apelara a la división familiar estructural a la hora de vestir una u otra camiseta. Por primera vez, entonces, hubo en Cochiti una actividad social que, antes que tender una cortina de humo sobre las diferencias sociales entre vecinos, las enfatizaba frente a sus narices. Escribe Fox: “Según las manifestaciones de mis interlocutores, parece que desde que el hombre es hombre ha habido siempre dos grandes familias que no se querían muy bien y formaban dos bloques enemigos por una razón —algún tipo de contienda— que hacía mucho tiempo había caído en el olvido […]. Pero con la división propiciada por el béisbol se presentó una oportunidad única para dejar salir de nuevo a la superficie las viejas enemistades latentes”.
        La confrontación entre Braves y Redskins —que debía celebrarse dos veces por año— alcanzó su punto máximo de tensión en 1959. El Consejo de los Pueblo, prevalido de su sabiduría, había programado el doble encuentro para la misma semana en que debía celebrarse la danza anual de la cosecha, confiado en que por entonces iba a cundir, en “todos los corazones”, un sentimiento invencible de armonía. Pero los Braves hicieron todo lo posible por aguar la fiesta: llegaron tarde al campo de los Redskins, alinearon jugadores sacados de la manga o contrabandeados de otros equipos, e intimidaron a sus rivales de mil maneras. Por su parte, las barras femeninas de ambos bandos aportaron su cuota en el desaguisado: empezaron por acusar de ceguera al único árbitro —un negro de Virginia— y acabaron por escupir todo tipo de obscenidades contra los jugadores del equipo adversario. Por supuesto, estas audacias no dejan de ser esperables en un deporte cuya mitología básica remite a las pilatunas callejeras —no gratuitamente, el Home run tomó su nombre del obligado regreso a casa después de haber dejado la pelota al otro lado de una ventana quebrada—; de hecho, fueron los Redskins locales quienes, a pesar de haber recibido la mayor parte de los oprobios, ganaron el juego, y lo hicieron cómodamente: 18 carreras contra 8. Pero otra cosa sucedió en el partido de vuelta.
        Un par de días antes de ese encuentro final, el ambiente ya estaba caldeado. Las madres y esposas de los Redskins, temerosas de la ira que reinaría en las toldas de los vapuleados Braves y convencidas de los poderes sobrenaturales de esos enemigos tramposos, no ocultaron su expectativa grisácea: “Va a haber un montón de incidentes”, dijeron. Mucha gente prefirió quedarse en casa en vez de ir al partido, y muchos de los que fueron permanecieron dentro de sus automóviles, resguardados tras las ventanillas. No fue excesiva esa precaución: en la cuarta entrada, cuando la pizarra marcaba empate a una carrera, un ventarrón preñado de rayos y truenos, pero sin una gota de lluvia, asoló el campo. Fox, quien había tenido la audacia de llegar hasta las graderías, fue testigo de primera mano del fenómeno hasta que se vio obligado a refugiarse en la furgoneta de uno de los Redskins: “El campo de juego se sumió en la oscuridad, los jugadores se agachaban para que no los cegara la arena con sus latigazos”. A partir de entonces, todo se vino al traste para los visitantes: el árbitro permitió que los Braves ganaran una base ilegalmente, y la ventaja se capitalizó por cuenta de la arena, cuyos enviones parecían golpear nada más que el rostro de los Redskins. Dado que contra la maldad humana y la fuerza natural —ambas desatadas por el poder de la brujería— no hay manera de salir airoso, los Braves ganaron por 4 carreras contra 2. Sus mujeres aullaron de júbilo mientras la barra perdedora se retiraba convencida de haber sido presa del hechizo más artero. Tres semanas después, como la rivalidad había enconado en vituperios contra el honor de algunos matrimonios, el Consejo de los Pueblo amenazó con prohibir el béisbol si no se ponía coto a las reyertas. Sin embargo, de acuerdo con el informe del etnógrafo, no sucedió ni una cosa ni la otra, y, sin que eso importara, el mundo siguió andando.
        Albert Camus confesó en su día que el mejor aprendizaje sobre la moral humana lo había experimentado en su juventud, mientras fue portero del Racing Universitaire d’Algier. Es obvio que todos los deportes de conjunto, en la medida en que supongan la competencia, ofrecen la misma lección. Y bien se ve que no se trata apenas de una ilustración filosófica: porque bajo la distinción del bien y el mal yacen las divisiones arbitrarias con que se clasifica a los hombres y, más abajo aún, las ideas sobre su relación insondable con la naturaleza. Los antropólogos lo saben mejor que nadie, y por eso mismo sorprende que el deporte no sea una mina tan excavada como la política o la religión.


Vulcan Leather (2012). Eric Yahnker (1976)

miércoles, 17 de octubre de 2018

Tres indios



Carrera de caballos de los sioux (h. 1836). Karl Bodmer (1809-1893)


Cuando Claude Lévi-Strauss llegó a Naliké, en el corazón del Paraná, se maravilló con los arabescos y líneas rectas que los caduveo habían trazado sobre sus cuerpos, al mismo tiempo que los nativos se sorprendían de que el antropólogo no los tuviera y, con ello, despreciara la oportunidad de distinguirse de los animales. Aunque no hace falta insistir sobre el asombro que supone el avistamiento de las costumbres ajenas, quizá no esté de más llamar la atención sobre el privilegio —o la responsabilidad— de quien, como el antropólogo, participa sin intermediarios en la emotiva esgrima de los extrañamientos. En los libros de antropología suelen quedar, apenas, las migajas de una experiencia esencialmente íntima.
      Mucho se ha hablado de la comunión de diferencias culturales que, paradójicamente, unió a Alfred Louis Kroeber y a Ishi, el indio yahi que en 1911 se dejó ver, desamparado, en el villorrio de Oroville, y que terminó por ser huésped permanente del Museo de Antropología de la Universidad de California. Pocas cosas pudieron sorprender a los dos hombres como las ideas vigentes, en sus respectivas sociedades, acerca de los nombres propios. Mientras que el antropólogo representaba una cultura en la que el nombre suele tomar el lugar del cuerpo —la presencia física no vale tanto como el carnet de identidad—, el indio procedía de una en que el nombre era tabú y, por eso, no podía revelarse. Los académicos optaron entonces por llamar Ishi a Ishi, palabra que en lengua yana significa “hombre”. Ganó, pues, la obsesión nominadora occidental. Pero el triunfo de la tradición del antropólogo fue más allá de esa inocente historia bautismal: al morir Ishi de tuberculosis en 1916, su cuerpo fue abierto por los profesores de medicina de la universidad, y el cerebro, apartado de la cremación de todo lo demás, fue enviado por el mismo Kroeber al Smithsonian Institution. Semejante disección, tan cercana al escarnio con que los colonizadores europeos ajusticiaban a los indios americanos rebeldes, no tuvo en cuenta el ideal yahi de la integridad funeraria del cuerpo humano. Ursula K. Le Guin, la hija escritora de un antropólogo cuya única incursión en la ficción parece haber sido la idea delirante de que un área cultural era un complejo conformado por seis mil rasgos —ni uno más, ni uno menos—, escribió estas líneas sobre el drástico destino del cadáver de Ishi: “Sé poco acerca de las circunstancias que rodearon la subsiguiente y grotesca división del cuerpo, que me recuerda la manera en que los reyes y emperadores eran sepultados en trocitos”.
      Más allá de la cruenta comparación entre unas y otras costumbres tanatoprácticas, lo más interesante de las memorias de Le Guin es, sin duda, la luz que arrojan sobre otras interacciones de su familia con indios sorprendentes y sorprendidos. De hecho, la escritora jamás conoció a Ishi —ella nació 13 años después de su muerte—, como sí a Juan Dolores y a Robert Spott. El primero era un indio pápago que solía visitar la casa de campo de los Kroeber en Napa, al norte de San Francisco. Como a Ishi, le sucedía no vivir en ajuste con la vida civil de los Estados Unidos, pero no porque no tuviera nombre conocido sino porque venía de un pueblo en el que la preocupación por el tiempo no alcanzaba para memorizar las fechas de cumpleaños. Y como, sin ese dato, era imposible tramitar nada, Alfred Louis Kroeber discurrió para su amigo pápago una fecha que acaso le venía inspirada por sus lecturas de la esplendorosa obra de James George Frazer: el 24 de junio, día de San Juan, ligado en el hemisferio norte a la celebración del solsticio de verano. Juan Dolores se plegó sin chistar al artificio, igual a como solía aceptar todas las ocurrencias de los hijos del antropólogo; inclusive, las más abusivas. La confesión de Ursula es valiente de tan explícita: “Aprendimos frases como ‘¡Mirad, el pobre indio!’ y, en un artículo de revista, el título: ‘Los pieles rojas en vías de desaparición’. Con la crueldad de los niños, como suele decirse, utilizábamos esas frases; llamábamos a Juan: ‘Mirad, el pápago en vías de desaparición. ¡Hola, mirad! ¡Aún no has desaparecido!’. Creo que la frase le hacía gracia a él también”.
          Robert Spott, por su parte, era un yurok que también pasaba por Napa. Pero, a diferencia de lo que ocurrió con Ishi y Juan Dolores, su confrontación cultural no tuvo como escenario los tinglados notariales ni se redujo a componendas del registro civil. La batalla se libró, literalmente, sobre el mantel de la cena. Entre los yurok era mal visto que alguien comiera si, en ese mismo instante, otro congénere hacía uso de la palabra, y por esto —y, sobre todo, porque eran estrictos en el cumplimiento de sus normas de etiqueta—, sus comidas solían ser silenciosas. Pero en Occidente, como se sabe, la mesa es el lugar de divulgación de noticias íntimas y públicas, de la misma manera que es, por excelencia, el espacio de todo tipo de catarsis y actuaciones verbales. En casa de los Kroeber no ocurría de otra manera y, para colmo, el patriarca comía con rapidez, hábito que también perjudicaba al convidado yurok, pues entre los suyos imperaba la costumbre de que la cena termina cuando el anfitrión suelta los cubiertos. La crónica de la escritora es tan dramática como hilarante: “cada vez que alguien decía algo, es decir, todo el rato, el pobre Robert bajaba el tenedor, tragaba y prestaba atención con cortesía mientras nosotros seguíamos engullendo y parloteando”. Con el paso del tiempo, el indio apeló a la mala educación para no morir de hambre. Sin embargo, antes de sucumbir a la costumbre ajena se permitió —una sola vez— imponer la suya. Ocurrió una noche en que la pequeña Ursula hablaba sin freno, algo que no estaba permitido hacer a ninguna niña yurok. Robert, con la paciencia colmada, interrumpió su cháchara y le ordenó terminantemente que se callara, y acto seguido puso un tema del que solo podían tomar parte los adultos. Solo en ese momento, cuenta la hija de Alfred Louis Kroeber, ella experimentó un sentimiento que los yurok conocían mejor que los estadounidenses: la vergüenza.
           Suele pensarse que el gesto antropológico por excelencia es empeñarse en la comprensión de las costumbres desconocidas, pero quizá ese sea uno de los ejercicios mentales más comunes en la especie y para el cual se necesita, apenas, un poco de sobresalto y ninguna formación universitaria. El aporte de la ciencia del hombre está, más bien, en que sirve la oportunidad de observar nuestros hábitos como si se tratara de los actos más extraños imaginables; no importa que se antojen los reflejos de un espejo mágico: en esa deformación reside la oportunidad de alcanzar una conciencia justa de lo que somos.


Pila mágica de los indios assiniboin (h. 1836). Karl Bodmer (1809-1893)

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Naturaleza muerta con antropólogo y pintor



Mujer en sillón rojo (1932). Pablo Picasso (1881-1973)


Claude Lévi-Strauss insinuó alguna vez que Picasso, a pesar de su genialidad, era un truhan. Así se expresó en una charla que sostuvo en 1966 con André Parinaud, cuya versión en texto —“A propósito de una exposición retrospectiva”— fue incluida en el segundo volumen de Antropología estructural, aparecido en 1973; el mismo año en que, precisamente, murió el pintor malagueño, quien acaso no llegó a enterarse del cumplido.
            La ojeriza de Lévi-Strauss nace del hecho de que Picasso es, a su juicio, un hombre particularmente interesado en hacer brillar su propio discurso sobre el arte: “La obra de Picasso me irrita, y es en este sentido en el que me concierne. Pues aporta un testimonio entre otros —sin duda también se los encontraría en literatura y en música— del carácter profundamente retórico del arte contemporáneo”. Este pintor, antes que comprometerse con situarnos en la naturaleza o hacernos sentir su fuerza, lo que pretende es alardear de que conoce la verdad última sobre ella, la cual pontifica en forma de doctrina; en palabras del iracundo antropólogo: “Parece a menudo creer que, puesto que existen leyes que dan razón de la naturaleza y de la estructura de la obra de arte, pueden crearse obras de arte aplicando leyes o remedándolas, o apropiándose recetas, cuando el verdadero problema que plantea la creación artística reside, me parece, en la imposibilidad de pensar por adelantado su resultado”. En efecto, Picasso llegó a exhibir una particular sabiduría de metafísico osteológico como el principio generatriz de sus dibujos humanos; en una carta al fotógrafo húngaro Brassaï pretendió enseñarle cómo estaban formados los huesos: “¿Se ha fijado alguna vez en que los huesos están siempre ‘modelados’ y no cortados, que siempre se tiene la impresión de que salen de un molde después de haber sido modelados en arcilla? ¿Y ha notado cómo, con sus formas convexas y cóncavas, los huesos encajan bien unos en otros?”. No se sabe bien si lo que enfada es la lección de Perogrullo o la insinuación de la poca agudeza del corresponsal, quien, acaso, ni siquiera una vez en su ciega vida habría podido percatarse de lo que el pintor conocía con amplitud. Como quiera que sea, Picasso, desconfiado de la perspicacia del otro, vio necesario poner en palabras lo que ya había creído decir con su Mujer en sillón rojo (1932).
            Por supuesto, Lévi-Strauss sabe que es legítimo y propio del arte aplicar las leyes en que los hombres han condensado su conocimiento de la realidad. Años antes de su entrevista con Parinaud, en El pensamiento salvaje (1962), el antropólogo había escrito que cierto arte pictórico no podía prescindir de un conocimiento científico previo. Es el caso de la famosa gorguera de encaje del vestido de Isabel de Austria, retratada por François Clouet en 1571: la animosidad con que él quiso mostrarnos a la reina de Francia, las sutilezas emotivas que plasmó en su tela —lo que propiamente constituye su testimonio como creador—, las aceptamos a condición de que la soberana nos parezca realmente la soberana, y esa persuasión nos viene del detalle de su gorguera, la cual, por la prolijidad del tejido imitado, se nos antoja una gorguera histórica. Por más que el pintor redujera la escala de la prenda al representarla en la tela, debió obrar en conocimiento del saber industrial puesto en práctica para tejer hilos. De modo que a Lévi-Strauss no puede molestarle que Picasso crea saber cuál es la forma esencial de los huesos; su irritación es, en últimas, lo que Picasso representa: su aceptación y celebridad en una época determinada. El malagueño, “un hombre que ha hecho todo lo que ha querido” y que “ha obtenido la mayor de las glorias”, ha creado sin embargo una obra “que aporta menos un mensaje original que lo que se entrega a una suerte de trituración del código de la pintura”. Con el deseo de ser entendido en esta queja contra las interpretaciones de segundo grado, Lévi-Strauss ofrece la reseña del filme angloamericano The Collector (1965), de William Wyler, en el que un joven, coleccionista de mariposas, secuestra a una bella mujer a la que gustan los libros con reproducciones de Picasso. Reflexiona el antropólogo que la “actitud sana” es la del héroe, “que vierte su pasión en objetos reales, las mariposas, y en bellezas naturales, ya sean insectos o una guapa muchacha”, mientras que esta es “el símbolo mismo del carácter hechizo del gusto contemporáneo”. No se pierda de vista que un libro con fotografías de las pinturas de Picasso vendría a ser algo así como una interpretación del mundo de tercera mano.
            No sorprende que, al consignar su invectiva contra Picasso, Lévi-Strauss declare su afición por las ingenuidades de la pintura naïf. Lo que inquieta es que no agregue ningún nombre a guisa de ilustración, a no ser que la omisión se explique en la misma transparencia de la referencia. Los cuadros de Henri Rousseau pueden, en todo caso, servir el mejor ejemplo para redondear el argumento. Piénsese, por ejemplo, en Caballo atacado por un jaguar (1910): las altas flores del fondo, al sugerir el tamaño minúsculo del predador y su presa, difícilmente podrían responder a la aplicación de alguna regla preconcebida, como tampoco lo hacen las ramas herbáceas del primer plano, en todo similares a las hojas de la lejana palmera; al mismo tiempo, parece no mediar ningún saber teórico sobre la naturaleza en el brazo anómalo del jaguar, surgido del cuerpo moteado en un lugar equívoco y con una rigidez nada convincente, como si en un caso se tratara de un pulpo y, en el otro, de un monigote de madera. Más que reflexionar sobre la naturaleza o el arte, el Aduanero, infantil y casi imbécil en sus trazos —y por eso genial—, es la misma naturaleza: más acá de la teoría o el discurso, su obra surge con la espontaneidad de las plantas y expresa una lógica de la que el mismo pintor, acaso, no tuvo noticia. Sobre una obra como esa es que puede operar el estructuralismo, que, según su máximo pontífice, “no encuentra una satisfacción real en el arte más que al precio de mucha frescura e ingenuidad”.
            Las quejas de Lévi-Strauss contra Picasso no sugieren otra cosa que una pugna por el magisterio de la explicación. El antropólogo francés, convencido de que la regularidad total de la naturaleza era la piedra fundacional del estructuralismo —la teoría que, desde entonces, debía deslumbrar al mundo con la exposición de las simetrías más impensadas— no iba a permitir, de buenas a primeras, que triunfaran los modelos discurridos por un pintor de bañistas y saltimbanquis. No es poca cosa ser el descubridor de la geometría del mundo.


Caballo atacado por un jaguar (1910). Henri Rousseau (1844-1910)

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