miércoles, 17 de octubre de 2018

Tres indios



Carrera de caballos de los sioux (h. 1836). Karl Bodmer (1809-1893)


Cuando Claude Lévi-Strauss llegó a Naliké, en el corazón del Paraná, se maravilló con los arabescos y líneas rectas que los caduveo habían trazado sobre sus cuerpos, al mismo tiempo que los nativos se sorprendían de que el antropólogo no los tuviera y, con ello, despreciara la oportunidad de distinguirse de los animales. Aunque no hace falta insistir sobre el asombro que supone el avistamiento de las costumbres ajenas, quizá no esté de más llamar la atención sobre el privilegio —o la responsabilidad— de quien, como el antropólogo, participa sin intermediarios en la emotiva esgrima de los extrañamientos. En los libros de antropología suelen quedar, apenas, las migajas de una experiencia esencialmente íntima.
      Mucho se ha hablado de la comunión de diferencias culturales que, paradójicamente, unió a Alfred Louis Kroeber y a Ishi, el indio yahi que en 1911 se dejó ver, desamparado, en el villorrio de Oroville, y que terminó por ser huésped permanente del Museo de Antropología de la Universidad de California. Pocas cosas pudieron sorprender a los dos hombres como las ideas vigentes, en sus respectivas sociedades, acerca de los nombres propios. Mientras que el antropólogo representaba una cultura en la que el nombre suele tomar el lugar del cuerpo —la presencia física no vale tanto como el carnet de identidad—, el indio procedía de una en que el nombre era tabú y, por eso, no podía revelarse. Los académicos optaron entonces por llamar Ishi a Ishi, palabra que en lengua yana significa “hombre”. Ganó, pues, la obsesión nominadora occidental. Pero el triunfo de la tradición del antropólogo fue más allá de esa inocente historia bautismal: al morir Ishi de tuberculosis en 1916, su cuerpo fue abierto por los profesores de medicina de la universidad, y el cerebro, apartado de la cremación de todo lo demás, fue enviado por el mismo Kroeber al Smithsonian Institution. Semejante disección, tan cercana al escarnio con que los colonizadores europeos ajusticiaban a los indios americanos rebeldes, no tuvo en cuenta el ideal yahi de la integridad funeraria del cuerpo humano. Ursula K. Le Guin, la hija escritora de un antropólogo cuya única incursión en la ficción parece haber sido la idea delirante de que un área cultural era un complejo conformado por seis mil rasgos —ni uno más, ni uno menos—, escribió estas líneas sobre el drástico destino del cadáver de Ishi: “Sé poco acerca de las circunstancias que rodearon la subsiguiente y grotesca división del cuerpo, que me recuerda la manera en que los reyes y emperadores eran sepultados en trocitos”.
      Más allá de la cruenta comparación entre unas y otras costumbres tanatoprácticas, lo más interesante de las memorias de Le Guin es, sin duda, la luz que arrojan sobre otras interacciones de su familia con indios sorprendentes y sorprendidos. De hecho, la escritora jamás conoció a Ishi —ella nació 13 años después de su muerte—, como sí a Juan Dolores y a Robert Spott. El primero era un indio pápago que solía visitar la casa de campo de los Kroeber en Napa, al norte de San Francisco. Como a Ishi, le sucedía no vivir en ajuste con la vida civil de los Estados Unidos, pero no porque no tuviera nombre conocido sino porque venía de un pueblo en el que la preocupación por el tiempo no alcanzaba para memorizar las fechas de cumpleaños. Y como, sin ese dato, era imposible tramitar nada, Alfred Louis Kroeber discurrió para su amigo pápago una fecha que acaso le venía inspirada por sus lecturas de la esplendorosa obra de James George Frazer: el 24 de junio, día de San Juan, ligado en el hemisferio norte a la celebración del solsticio de verano. Juan Dolores se plegó sin chistar al artificio, igual a como solía aceptar todas las ocurrencias de los hijos del antropólogo; inclusive, las más abusivas. La confesión de Ursula es valiente de tan explícita: “Aprendimos frases como ‘¡Mirad, el pobre indio!’ y, en un artículo de revista, el título: ‘Los pieles rojas en vías de desaparición’. Con la crueldad de los niños, como suele decirse, utilizábamos esas frases; llamábamos a Juan: ‘Mirad, el pápago en vías de desaparición. ¡Hola, mirad! ¡Aún no has desaparecido!’. Creo que la frase le hacía gracia a él también”.
          Robert Spott, por su parte, era un yurok que también pasaba por Napa. Pero, a diferencia de lo que ocurrió con Ishi y Juan Dolores, su confrontación cultural no tuvo como escenario los tinglados notariales ni se redujo a componendas del registro civil. La batalla se libró, literalmente, sobre el mantel de la cena. Entre los yurok era mal visto que alguien comiera si, en ese mismo instante, otro congénere hacía uso de la palabra, y por esto —y, sobre todo, porque eran estrictos en el cumplimiento de sus normas de etiqueta—, sus comidas solían ser silenciosas. Pero en Occidente, como se sabe, la mesa es el lugar de divulgación de noticias íntimas y públicas, de la misma manera que es, por excelencia, el espacio de todo tipo de catarsis y actuaciones verbales. En casa de los Kroeber no ocurría de otra manera y, para colmo, el patriarca comía con rapidez, hábito que también perjudicaba al convidado yurok, pues entre los suyos imperaba la costumbre de que la cena termina cuando el anfitrión suelta los cubiertos. La crónica de la escritora es tan dramática como hilarante: “cada vez que alguien decía algo, es decir, todo el rato, el pobre Robert bajaba el tenedor, tragaba y prestaba atención con cortesía mientras nosotros seguíamos engullendo y parloteando”. Con el paso del tiempo, el indio apeló a la mala educación para no morir de hambre. Sin embargo, antes de sucumbir a la costumbre ajena se permitió —una sola vez— imponer la suya. Ocurrió una noche en que la pequeña Ursula hablaba sin freno, algo que no estaba permitido hacer a ninguna niña yurok. Robert, con la paciencia colmada, interrumpió su cháchara y le ordenó terminantemente que se callara, y acto seguido puso un tema del que solo podían tomar parte los adultos. Solo en ese momento, cuenta la hija de Alfred Louis Kroeber, ella experimentó un sentimiento que los yurok conocían mejor que los estadounidenses: la vergüenza.
           Suele pensarse que el gesto antropológico por excelencia es empeñarse en la comprensión de las costumbres desconocidas, pero quizá ese sea uno de los ejercicios mentales más comunes en la especie y para el cual se necesita, apenas, un poco de sobresalto y ninguna formación universitaria. El aporte de la ciencia del hombre está, más bien, en que sirve la oportunidad de observar nuestros hábitos como si se tratara de los actos más extraños imaginables; no importa que se antojen los reflejos de un espejo mágico: en esa deformación reside la oportunidad de alcanzar una conciencia justa de lo que somos.


Pila mágica de los indios assiniboin (h. 1836). Karl Bodmer (1809-1893)

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