viernes, 14 de diciembre de 2018

Menú funcionalista



Naturaleza muerta con búho (1943). Frida Khalo (1907-1954)



Las reflexiones antropológicas e históricas sobre la comida han vivido, en lo que va del siglo XXI, días de esplendor: se las sirve a la carta, para decirlo con las palabras justas. Los libros sobre el tema, con carátulas y títulos sugestivos, se encuentran por decenas en las vitrinas comerciales, y no son pocos los periódicos que publican varias columnas gastronómicas por semana. Sin embargo, ello es apenas natural en un mundo cuyas rutinas mediáticas casi han reducido las particularidades culturales y nacionales a platos de comida —estar en Francia es poco más que trepar a la torre y atragantarse de foie gras—, y en el que la gourmetización de la cocina tradicional se ha convertido en el negocio más rentable. Lo cierto es que, muchas décadas atrás, la antropología clásica ya se había interesado por el tema; por lo menos eso es lo que deja ver un menú recomendado por tres chefs de la antropología funcionalista.
        El plato de entrada lo sirve Bronislaw Malinowski, el fundador de la escuela, y quien se interesó por el uso de la comida como medio para establecer y celebrar las relaciones de reciprocidad. Es ya clásica la descripción que en “Baloma: Los espíritus de los muertos en las islas Trobriand” (1916) se hace del sagali, aquel intercambio ceremonial e interclánico de ñame cocido que, en esa parte del continente oceánico, tiene lugar al término de las cosechas. La relevancia sociológica de la práctica no esconde, sin embargo, lo desabrido del plato, y por eso resulta mucho más llamativo un puchero de taro que se prepara en los atardeceres inocuos. El chisme culinario se revela en La vida sexual de los salvajes (1929): el tubérculo —Colocasia sculenta— es puesto a hervir dentro de grandes ollas de barro y se le agrega pescado o carne de cerdo. Se trata de una preparación sencilla pero apetecida, y de la cual solo pueden ocuparse las mujeres, aunque se entiende que, durante las arriesgadas expediciones kula en mar abierto, corresponde a los hombres aderezar su propia pitanza. Es en Jardines de coral y su magia (1935), la última de sus monografías etnográficas, donde Malinowski revela un dato crucial sobre las cualidades gastronómicas del taro: los espíritus de los muertos prefieren ese tubérculo entre los demás productos de las huertas —y son numerosos—, de modo que mientras los vivos intercambian sus sosas  bandejas de ñame, los balomas se hartan de gachas y budín fabricados para ellos con base en los taros recién cosechados.
        También humea el simbolismo en el plato fuerte de nuestro menú. Este corre por cuenta del pueblo nuer, cuya indeleble fama etnográfica procede del libro homónimo que E. E. Evans-Pritchard publicó en 1940. Empeñado en mostrar la obsesión por el ganado vacuno que caracterizaba a esa etnia del Sudán, el antropólogo inglés ofrece una pintura inolvidable de viandas de origen animal entre las que, por supuesto, no son la leche cuajada o la carne a la brasa lo que más llama la atención. Lo es, sobre todo, la sangre asada. Cuenta el etnógrafo que los indígenas aprietan el pescuezo de una vaca con una cuerda, con la idea de que sus venas cobren relieve y pueda pinchárselas con facilidad. Un chorro más o  menos vigoroso de linfa roja llena un cuenco al cabo de algunos segundos, lo que permite retirar la cuerda y tapar la herida con un poco de boñiga, sin que la vida de la vaca haya sido puesta en riesgo. La sangre recogida es calentada y, cuando cuaja, se fabrican gachas con ella. Otra parte del cocido se deja al fuego hasta que deviene en un bloque sólido, y se lo come sin ningún aderezo después de tajarlo, como si se tratara de un embutido. Para los nuer, esa práctica culinaria encuentra justificación en su efecto sanatorio, pues creen que las vacas son, a la postre, las grandes beneficiarias: según ellos, los animales sangrados comen con mayor apetito y son más fértiles. Pero en los entresijos de su conciencia laten otras justificaciones, como puede serlo el que, al comer esa sangre, los humanos participan de la sustancia de unos animales con los que, incluso, comparten el nombre (en efecto, refiere Evans-Pritchard que los jóvenes reciben como nombre iniciático el apelativo de uno de los bueyes de su padre). Como quiera que sea —más allá de los escrúpulos veterinarios o de las costumbres nominativas—, también es absolutamente cierto que los nativos encuentran deliciosa la sangre asada.
        El postre lo representan los datos vertidos en Nosotros, los tikopia (1936) de Raymond Firth. Como su maestro Malinowski, el antropólogo neozelandés se interesó por observar el papel cumplido por los alimentos en el teatro de las relaciones sociales; pero, más profano que su mentor, Firth puso el foco en la vida cotidiana: allí donde la comida rueda de unas manos a otras, sin que deba seguirse la minuta de ningún protocolo ceremonial. El breve relato de la preparación de un pudín de coco sirve el mejor ejemplo: un día cualquiera, Pa Taitai ralla la blanca carne de la fruta mientras su hijo bebé trepa por uno de sus muslos; después, el hermano de su esposa estruja las ralladuras para exprimir la leche, y esta, en manos de Pa Taitai —había ido a bañarse y ahora está de vuelta—, se mezcla con cuatro puñados de harina de masoa hasta que alcanza la textura de la leche condensada, tal como se la conoce en Occidente. Entonces el chef polinesio grita a las chicas de casa para que apronten el horno de piedras calientes, y, cuando eso sucede, la suspensión es vertida en cuencos de cáscara de coco que, a su vez, son tapados con hojas de platanera. Al final de la cocción, la familia disfruta de una golosina suave a modo de pasta fina de pequeñas partículas, nada grumosa y con intenso sabor a coco. La abuela carga al bebé y, como si se tratara de un polluelo, le comparte la masa directamente desde su boca.
        En las primeras décadas del siglo XX, la revelación de que la vida social funcionaba a modo de mecanismo de relojería concentró la atención de expertos y legos. La máquina fue apreciada sin que, a veces, se repararan los preciosos detalles de algunas de sus partes. Fue eso, precisamente, lo que sucedió con la comida: se la vio como poco más que la materialización casual de las fuerzas sociológicas —o, según Malinowski, como el punto de contacto de las grandes ruedas del parentesco y la economía—, y no como manifestación de un frente cultural autónomo y complejo, digno de un enfoque especializado con visos de disciplina. Bastará decir que el recetario incluido en Nosotros, los tikopias, en el que Raymond Firth describe las principales propiedades y exigencias culinarias de 24 tipos de alimento, no se hizo célebre entre los lectores especializados ni siquiera como curiosidad. Clifford Geertz y Mary Louis Pratt, quienes desempolvaron —cada quien por su lado— las páginas del grueso tratado de 1936, pusieron los ojos nada más que sobre los primeros párrafos del capítulo inicial, en los que, con indudable colorido, se da cuenta del paso del Southern Cross frente a la costa de Tikopia, envueltas la tierra y la nave por el frío de la madrugada. En cierto sentido, ellos, así como muchos otros antropólogos, se interesaron en leer la novela mientras la cena se enfriaba sobre la mesa.



Naturaleza muerta con trozo de carne (h. 1863). Claude Monet (1840-1926)

Stories I Have Tried to Write

Las tentaciones de San Antonio Abad (h. 1515). Hieronymus Bosch (1450-1516) En el colofón de uno de sus libros, el escritor inglés M. R. Ja...