lunes, 24 de agosto de 2020

Lo que dijo la vasija



Un machitún (1854). Pierre Fréderic Lehner (1811-1880),
según boceto de Claude Gay (1800-1873)



Para Ángela y Nacho, viajeros por el Cono Sur

En la cuarta década del siglo XIX, un explorador francés recorrió Chile: Claude Gay (1800-1873), un naturalista que, con el tiempo, acabó escribiendo la primera historia política verdaderamente científica del país austral. Llegó a América a fines de 1828, para fungir de profesor en el Colegio de Santiago, y muy pronto le fue encargada la misión de explorar de manera exhaustiva el territorio chileno. En 1830 viajó por las provincias de Santiago, Colchagua y Valparaíso, y en 1835 fue a Valdivia, donde conoció a Charles Darwin. También allí entró en contacto con pueblos mapuches, los que visitó de nuevo en 1838, y sobre quienes terminó —poco antes de morir— una monografía que tardó siglo y medio en pasar por la imprenta: Usos y costumbres de los araucanos. Incluir un capítulo político en la historia natural chilena —engorroso trabajo en que lo puso, en 1839, el ministro Mariano Egaña— distrajo a Gay mucho más de lo que hubiera querido.
        Amante de las plantas, como era, y formado en historia natural, Gay resolvió a medias con técnica y a medias con instinto su relación metodológica con los mapuches. No se conformó apenas con ver lo que hacían los nativos, sino que dedicó muchas horas a entrevistarse con ellos, preguntándoles sobre aquello y lo de más allá. Sin embargo, esa buena práctica etnográfica se vio salpicada por la audacia de desafiar los usos locales, solo por la curiosidad de ver qué pasaba. Para los mapuches era censurable que una visita, no más llegar, entrara en sus casas sin cumplir con el parsimonioso ceremonial de saludos y conversación que debía mediar antes de que el anfitrión convidara a pasar al interior; pues bien, un día, al llegar a la vivienda de un hombre que estaba ausente, Gay se coló en ella sin más ni más, “impulsado por el espíritu de curiosidad de saber las consecuencias”, sin atender a las recomendaciones de su guía. En otra ocasión, empeñado en ver con sus propios ojos cómo transcurría un machitún —un rito de curación—, entró en la cabaña del enfermo contra la voluntad de la machi —la médica—, quien rabió en vano al ver cómo el naturalista asomaba por la trastienda del rancho y se acomodaba junto a otros asistentes.
Gay encontraba en su suspicacia occidental las razones para desestimar la tradición indígena y burlar los usos locales. A propósito del recelo de los indígenas por su irrupción en el machitún, escribió: “tal vez poseídos por su impostura, no permiten la asistencia de los chilenos de la frontera”. Pareciera que en la cabeza del explorador se impusiera la idea de que hay que violentar los tabúes mapuches porque hasta los indígenas saben que encubren una farsa; que hay que pisotear su etiqueta porque, bien se ve, es vacua e inútil. Diego Milos, el editor de Usos y costumbres de los araucanos en 2018, no deja de admitir que en el manuscrito hay “comentarios ‘eurocéntricos’ de Gay que podrían llegar a incomodar a algunos lectores”. Por supuesto que lo hacen, lo cual, de todas maneras, no alcanza a tapar el inmenso valor etnográfico del trabajo del explorador, quien documentó con minuciosidad la vida indígena en la Araucanía. Prueba de la riqueza del informe es que, anticipándose en mucho tiempo a los trabajos de William Labov en Nueva York, Gay se hace preguntas por el cambio lingüístico, incitado por influjos hispánicos y quechuas.
Un episodio deja ver, con especial expresividad, tanto la morosidad de la descripción del explorador como el atrevimiento de sus juicios. Se trata de la narración de la investigación llevada a cabo por la muerte súbita de una de las esposas de Inal, el cacique de Cholchol. Poco después de dar a luz, la mujer enfermó y murió luego de tres días de infructuoso machitún. Todo ocurrió tan súbitamente que los familiares decidieron llamar a un cupove —algo así como un médico legista— para que examinara el cuerpo. El experto encontró algunos granos en la vesícula biliar y concluyó que se había tratado de un envenenamiento, toda vez que, según se supo, la mujer había bebido poco antes un vaso de chicha de manzana y maíz. Hecho el diagnóstico forense, algunos despojos del cuerpo —raspaduras de lengua, trozos de uñas y pestañas— se metieron a una vasija y se los envió a casa del adivino Ñamquil, en el poblado de Tucapel, para que él descifrara quién había sido el asesino. Los llevó un delegado de Inal, Nahuelhuala, a quien acompañaron varios jefes de Cholchol.
Al llegar a destino, Nahuelhuala se entrevistó en secreto con Ñamquil y luego, frente a los testigos, le entregó la vasija. El adivino masticó algunas hojas de voighe (Drimys winteri), tras lo que cayó en un pesado sopor —“catalepsia” en palabras de Gay—, aunque no tanto que no pudiera conversar, en la sala de su casa, con las piltrafas que había en la vasija. Entonces, estas revelaron la verdad en nombre de la muerta: “Son los criados de la casa los que me detestan, porque pretenden que me volví rica y orgullosa, y entonces, por envidia y celos, me dieron veneno en un vaso de chicha de maíz y de manzana. Ocurrió durante una gran fiesta en mi casa […] fui a buscar una metama (jarra) de chicha, la entregué a una mujer, que a su vez la entregó a su hija, para recibir de ella un vaso de esta bebida, e hicimos un llaupyo (salud). Ella pidió a su hija otro vaso, que me pasó para que yo le devolviera el saludo, y ahí puso veneno. Apenas bebí me sentí envenenada”. Tras esta declaración, la voz que salía de la vasija dijo los nombres de las implicadas.
Al regreso de la comitiva, Inal citó a una asamblea en su casa, en la cual se decidió acusar a la joven Yanquithral, hija de la criada de la muerta. La muchacha, sabedora de que ese señalamiento significaba la muerte, alzó las manos al cielo y dijo que todo era mentira. Inconmovibles, cinco hombres la agarraron, le arrancaron la ropa y los ornamentos y le dieron tantos latigazos que “su cuerpo se puso azul”. Cuando ya iban a darle muerte, el cacique Huentel se compadeció y quiso escuchar si la sentenciada quería decir algo. Entonces Yanquithral acusó a su madre, y se refirió a los hechos tal cual los había contado la vasija, precisando que, cuando alcanzó a su madre el segundo vaso, ella “le puso algo que tenía en la mano”. Fueron por la mujer, pero esta, “anticipando esa posibilidad”, ya había huido. Un centenar de indios la persiguió hasta dar con ella y matarla —la decapitaron y pusieron la cabeza sobre una lanza—, y luego fueron a desvalijar su casa. El marido, afligido y temeroso, admitió la culpabilidad de su compañera y accedió de buen grado a entregar a los asaltantes todo lo que le pidieron. Así se hizo justicia.
Son fácilmente imaginables las reservas con que Gay reconstruye la historia. A Cayulan, su informante, lo hace ver como un hombre crédulo de modo irredimible. Los visajes del adivino los califica como “estratagemas” e “impostura”, e incluso sospecha que el viejo de Tucapel se haya valido de la técnica de la ventriloquía para hacer creer a los testigos que, en efecto, eran los restos metidos en la vasija los que hablaban. En cuanto a la confesión in extremis de Yanquithral sobre la responsabilidad de su madre, se le antoja de lo más indigna, y cree también que el marido admitió ese cargo y permitió el allanamiento nada más que para “no engendrar disputas”. Apenas sorprende que Gay, a fuer de naturalista —o mejor, de naturalista europeo—, dé por sentada la falsedad de la teoría indígena de la adivinación. Más llamativa resulta la explicación que esgrime para descreditar a los agoreros mapuches, casi tan sobrenatural como la misma magia adivinatoria: la capacidad de hablar por un objeto inanimado, sin que nadie lo note. Pero lo cierto es que ni siquiera esa ventriloquía podría explicar cómo Ñamquil pudo saber que la bebida nefasta era chicha de manzana y maíz —además de otros detalles—, y cómo, en su descargo, Yanquithral dio una versión de los hechos igual a la que, en teoría, el adivino escuchó con exclusividad mientras estaba metido en su cabaña. La salida de todos esos enigmas parece ser la credulidad atribuida a Cayulan, cuya perspectiva, presuntamente candorosa, es el comodín de la buena conciencia del explorador francés.
La manera como Gay analiza las pruebas del caso merece un comentario especial. El juicio de que Yanquithral había acusado indignamente a su madre con tal de salvar el pellejo es —igual que cuando se metió en las casas a las que no se le había invitado una imposición de su punto de vista. Convencido de que los mapuches no tienen razones para hacer las cosas como las hacen, Gay parece no reparar en la sospechosa huida de la madre en el mismo momento en que martirizaban a su hija, ni en la nula resistencia con que el marido asumió su culpabilidad y entregó los bienes familiares para resarcir el crimen. Atrapado en la idea de que todo acto adivinatorio es embuste, el naturalista no acepta los resultados del juicio mapuche. No repara —como quizá no reparen algunos lectores de Usos y costumbres de los araucanos— en que, aun si resultaran escénicos y aparatosos los ritos de lectura de vísceras y de entrevista con una vasija, de ahí no se sigue que el juicio y la condena hayan sido injustos. ¿Acaso no ocurre que nuestros jueces y magistrados con toga, armados con un martillo inútil, enfrentados a abogados tan retóricos como personajes de teatro, formalizan con sus acartonadas actuaciones las acusaciones y sentencias que el sentido común de muchos ciudadanos ya había resuelto previamente y con muchos menos aspavientos? Para los mapuches de Cholchol era evidente que entre Yanquithral y su madre —una de las dos o ambas— habían envenenado a la mujer de Inal, y la única forma aceptada de probarlo era recurriendo, primero, al cupove; luego, a Ñamquil, y, posteriormente, divulgando el veredicto ante las sospechosas. Más allá de si las raspaduras de una lengua pueden hablar en nombre de su dueña, es indudable que, en todas las culturas del mundo, los juicios y sentencias sociales no pueden ser otra cosa que la formalización de algo que, por fuerza, ya se sabe de otra manera. El teatro, por teatral que sea, no deja de hablar con verdad sobre las cosas humanas; y, si resultara embustero, de ese cargo tampoco podría salvarse el que nosotros llevamos a cabo.
Gracias al trabajo de Diego Milos, Usos y costumbres de los araucanos pudo renacer, como el Fénix, de las cenizas del olvido —que en las bibliotecas asumen la forma del polvo—. La ganancia que esto significa es por partida doble: no solo la narración etnográfica es vigorosa y rica en detalles, sino que la arrogancia del explorador es tal que, de carambola, favorece la comprensión de la cultura indígena. Los vademécum metodológicos podrían incluir, como una más de sus herramientas, tan sugestiva infatuación.


Los pinares de Nahuelbuta (1854). Pierre Fréderic Lehner (1811-1880),
según boceto de Claude Gay (1800-1873)


sábado, 1 de agosto de 2020

Invernada entre los hielos



Los cazadores en la nieve (detalle) (1565). Pieter Bruegel (1525-1569)



Franz Boas, tanto como padre de la antropología moderna, aparece ante nuestros ojos como el autor de una prosa en exceso reglamentaria y —hay que decirlo— yerta; una prosa que cobra bríos solo cuando Boas cede la voz a los narradores de mitos y cuentos de la costa pacífica de América del Norte, en los que las peripecias protagonizadas por gemelos perversos, cuervos glotones y princesas casadas con perros hacen saltar al lector de la silla en la que, acaso, ya bostezaba. Esto, por supuesto, no alcanza para oscurecer la grandeza del antropólogo germano-estadounidense, toda vez que su milimétrico registro de ciertos rasgos antropobiológicos o sus minuciosas descripciones de los diseños gráficos kwakiutl —por poner solo dos ejemplos casuales— son argumentos sólidos en la pretensión de la antropología de ser reconocida como ciencia. Lo que ocurre, simplemente, es que esa misma limpieza fáctica ha relegado a Boas en el ranking de la narrativa antropológica. Sin embargo, es necesario advertir que esa condena ha pasado por alto un significativo atenuante.
            La constatación de la grisácea textura de la escritura boasiana es, si bien se mira, paradójica, pues remite a la labor de uno de los etnógrafos más célebres de la historia disciplinar, quizá el más importante del siglo XIX. Para decirlo con más precisión: llama la atención que un hombre que pasó tantos días fuera de casa, en escenarios del todo agrestes, apenas haya puesto en su sintaxis algunas migajas de la emoción de sus viajes. Porque —dicho sea de paso— fueron muchas las jornadas que Boas dedicó a la exploración in situ de las costumbres humanas: Leslie White ha calculado que sus viajes antropológicos abarcaron 334 meses, sin contar el viaje inaugural a Tierra de Baffin en 1883 —una excursión hecha, todavía, con la mirada y los instrumentos astronómicos del físico y geógrafo— ni las estadías en México. No fue por mero capricho que, en su Historia de la etnología (1937), Robert Lowie vio a Boas como al fieldworker por antonomasia, como al hombre que “elevó el trabajo de campo a un nivel enteramente nuevo”. Y tanto se emocionó Lowie con la consagración del maestro que, al considerar a Malinowski, se le antojó como nada más que un etnógrafo amateur. Nadie duda que semejante calificativo es temerario e injusto, pero es verdad que en la pugna entre el alemán y el polaco algo suele perderse de vista: las largas estadías en campo de Malinowski, fundamentales en el desarrollo de la antropología social, tuvieron como acicate una situación de fuerza mayor —el estallido de la Primera Guerra Mundial—, mientras que Boas vivió un año entre los inuit solo por obra de su voluntad. Al parecer, el que llevara bártulos de geógrafo en su equipaje ha hecho que ese viaje no sea visto como una experiencia iniciática de la antropología.
            Producto del viaje de Boas a Tierra de Baffin es el artículo “Un año con los esquimales” (1887), aparecido en el Journal of the American Geographical Society of New York. Allí asoma un Boas poco conocido: uno que decide hablar de sí mismo y situarse como personaje de su propio relato. No obstante, eso ocurre sin que el autor deje de mostrar la discreción que le fue proverbial; esa discreción que, por ejemplo, lo llevó a tratar con cautela —incluso con cariño— a los colegas evolucionistas en los mismos reportes en que los destrozaba, o que le permitió dejar inéditos —lejos del escenario de la infatuación pública— los mejores apuntes de su trabajo entre los kwakiutl y otras naciones indígenas de la Columbia Británica. En el mencionado artículo de 1887, sabedor de que se dispone a compartir con el lector escenas particularmente dramáticas, Boas prefiere apresurarse a advertir, en el primer párrafo, que en su texto no hay nada para la entretención, nada que se parezca a “aventuras excitantes”. Sin embargo, a despecho de tal declaración, aventuras de ese tipo aparecen en el escrito sin importar su modesta extensión.
            La sola vida cotidiana de los inuit —o esquimales, como se los llamó hasta hace poco— ya parece una aventura excitante. Según cuenta Boas, la llegada de extranjeros a un poblado era motivo de una práctica del todo sui géneris. Los nativos se situaban en fila, con un hombre robusto por cabeza, a quien el visitante debía aproximarse con la cabeza gacha y las manos cruzadas sobre el pecho: “Entonces, el nativo le propina un golpe terrorífico en la mejilla y aguarda a que el extranjero se lo devuelva. Prosiguen así hasta que uno de los dos se desmaye”. El antropólogo no aclara lo que, particularmente, ocurrió a su llegada; apenas se conforma con insinuar que, por ser él un hombre blanco, no hubo mucho celo en cumplir los protocolos. Los niños, conmovidos por el extraordinario suceso, lloraron tras las chaquetas peludas de sus madres. Sin embargo, eso es apenas el principio: la vida inuit está plagada de pruebas más templadas. Una de ellas es conducir un trineo. En invierno, hay que ser muy forzudo para saberlo llevar entre obstáculos de hielo y dunas de nieve, y en verano, de acuerdo con Boas, es peor: todo son grietas y remolinos, y los respiraderos por los que se asoman las focas pueden resultar una trampa mortal; “además”, agrega el antropólogo, “todo relumbra con brillos blancos y azules que lastiman los ojos y producen ceguera”. Para colmo, los perros del tiro riñen con frecuencia, y no toleran que sus conductores se entretengan conversando, pues, acostumbrados como están a que se les azuce constantemente, si esto no sucede se plantan en medio del desierto blanco. Las noches en los campamentos ocasionales son poco menos que dantescas: hay que invertir dos horas para hacer una cabaña incómoda con pedazos de hielo y resguardarse dentro, y todo para soportar noches de hasta 50°C bajo cero, con el único consuelo, en el estómago, de un trozo crudo de carne de foca. En otoño, las tormentas “azotan” la comarca inuit y los casquetes de hielo chocan entre sí, produciendo un ruido tan desapacible que los nativos llegan a convencerse de que son gemidos de los espíritus. Especialmente le temen a Sedna, la regente del inframundo.
          A un lado del dramatismo cotidiano, Boas protagonizó aventuras singulares cuando vivió entre los inuit. De una de ellas apenas da una noticia borrosa: rescató a un muchacho que había quedado aislado en medio de un pedazo de hielo flotante y que, a ojos vistas, iba alejándose de la tierra firme, sin que sirvieran para nada los esfuerzos que hacía para volver con los demás. El antropólogo no dice nada más sobre su actuación de héroe, pero del tamaño de la gesta habla el dato de que el joven estuvo una semana a la deriva, sobre la plancha de hielo, así como el hecho de que la aventura fuera consagrada por una balada compuesta exprofeso. De otro lance hay más detalles: en pleno invierno, Boas viajaba en trineo hacia cierto poblado, acompañado por su criado personal y un inuit. Estaban todavía lejos de destino cuando se precipitó una nevasca, y tanto se cubrió el piso que los perros no pudieron seguir adelante. La comitiva no tuvo otro remedio que abandonar los animales y la impedimenta y disponerse a cubrir, a pie, los 40 kilómetros restantes. No habían andado cinco cuando los envolvió un banco de niebla, con el resultado de que, del todo extraviados, fueran a dar contra un bloque de hielo que les cerraba el camino. Para colmo, el sextante estaba averiado. Vino a salvarlos la aparición de la luna, tras lo cual se levantó la niebla. Los tres viajeros llegaron a la aldea después de 30 horas de marcha, con una temperatura feroz, y el criado, por habérsele congelado los pies, tuvo que pasar varios meses en cama. Por lo visto, la historia de la antropología que hoy contamos estuvo muy cerca de no incluir a uno de sus protagonistas estelares. Como si se tratara de una leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, lo debemos todo a un rayo de luna.
          El orbe hispano puede conocer las peripecias protagonizadas por Boas en el norte del mundo —así como otros artículos insospechados— gracias a una compilación preparada, no hace mucho, por el profesor Alfredo Francesch Díaz: Franz Boas: Textos de antropología (s. f.). Sin que importe ese título sencillo, casi ramplón, el editor se muestra consciente de que de la divulgación de esos escritos depende un cambio radical en la imagen que hoy tenemos del gurú del particularismo histórico. Escribe Francesch Díaz en la nota introductoria a “Un año con los esquimales”: “Las tribulaciones y peripecias que, incidentalmente, recogen los clásicos en sus etnografías, Evans-Pritchard entre los nuer o Malinowski entre lo trobriandeses, empalidecen un poco, para cualquier lector, si imagina las condiciones árticas y al etnógrafo equipado con las ropas y pertrechos de finales del siglo XIX: cosas que uno imagina más propias de novelas de Verne o Salgari”. En efecto, Boas podría haber escrito Una invernada entre los hielos si, treinta años antes, no lo hubiera hecho el célebre escritor de Nantes.



Los cazadores en la nieve (detalle) (1565). Pieter Bruegel (1525-1569)



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