martes, 10 de diciembre de 2019

Terror en el bosque



Ciervo en el paisaje lunar (s. f.). Eugen Krüger (1832-1876)


Desde su aparición en 1890, La rama dorada de James George Frazer no ha dejado de brillar. Según dijo alguna vez Bronislaw Malinowski, fue por causa de esos destellos que se “convirtió” a la antropología. Y aunque casi todos los profesionales del siglo XXI están convencidos de la poca vigencia de la reflexión teórica vertida en el clásico libro, no por ello este ha dejado de ser un fenómeno editorial: hace apenas un par de décadas, Robert Fraser, músico y escritor británico, preparó una nueva edición de La rama dorada basado en la versión que alcanzó 12 volúmenes en 1915. Dicho sea de paso, del undécimo libro de esa serie, publicado en 1913, extrajo Jorge Luis Borges la curiosa historia de una mujer que pidió ser inmortal y fue confinada a vivir su eternidad dentro de una botella que “todavía está ahí”, en la iglesia de Santa María de Lübeck.
            No obstante, si de lo que se trata es de sopesar la estela que la escritura de Frazer ha dejado en la literatura universal, siempre puede aludirse a casos más llamativos que el de Borges, quien al fin y al cabo tenía más de británico que de argentino. Mucho más cautivante es la aparición del antropólogo escocés y de su obra cumbre en las narraciones de terror de Howard Phillips Lovecraft; en concreto, en el relato con título “El susurrador en la oscuridad” (1939), cuya trama se refiere a la inquietante presencia de criaturas extraterrestres en las montañas agrestes de Vermont, a quienes se enfrenta, con poco éxito, el desgraciado granjero Henry Akeley. No se trata apenas de que, como en la leyenda latina que dio origen a La rama dorada, un secreto terrible deba ser auscultado en el corazón del bosque: más significativa resulta la alusión explícita al célebre antropólogo. En efecto, Akeley, en carta que dirige al profesor Albert Wilmarth, escribe: “Modestia aparte, diré que la antropología y las tradiciones populares no me son en absoluto desconocidas. Las estudié a fondo en la universidad, y estoy familiarizado con la mayoría de las autoridades en la materia: Tylor, Lubbock, Frazer […]”. La preeminencia del tercer autor del inventario puede deducirse no solo del siniestro escenario silvestre del relato, sino también de los rasgos que comparte con Wilmarth, quien es, a fin de cuentas, el narrador de la historia.
            Albert Wilmarth, al igual que su corresponsal en Vermont, es un estudioso del folclor y los mitos; pero, dado que hizo su formación universitaria en literatura, a ella se dedica como profesor en la Universidad de Miskatonic. Por su parte, Frazer inició su vida universitaria en Glasgow con el estudio de la retórica y otras disciplinas, y luego fue al Trinity College de Cambridge para ocuparse de las letras clásicas, alcanzando especialidad en las obras de Herodoto y Virgilio. En cierto sentido, llegó a la etnología por la vía de un problema literario, el mismo que dio origen a La rama dorada: la necesidad de interpretar la cruenta leyenda de la sucesión sacerdotal en el bosque de Nemi. En ese contexto de común interés literario, apenas sorprende que Wilmarth replique las maneras narrativas de Frazer, cuyos párrafos típicos no son otra cosa que un zurcido variopinto —por los muchos contextos invocados— de datos etnológicos. Así se refiere el profesor de Miskatonic a los temas mitológicos que tuvo que ventilar en la polémica sobre la existencia de las criaturas extraterrestres: “los mitos de Vermont apenas diferían en esencia de las leyendas universales sobre la personificación natural que llenaron el mundo antiguo de faunos, dríadas y sátiros, inspiraron los kallikanzarai de la Grecia moderna y confirieron a las tierras incivilizadas como el País de Gales e Irlanda esas sombrías alusiones a extrañas, pequeñas y terribles razas ocultas de trogloditas y moradores de madrigueras. Resultó inútil, igualmente, señalar la aún más sorprendente similitud que guardaban con la creencia común entre los habitantes de las tribus montañosas del Nepal en el temible Mi-Go”. Frazer no hubiera desmerecido en cosmopolitismo.
            El comportamiento frazeriano de Wilmarth también podría relacionarse con su manera de entender las reflexiones seudocientíficas de Akeley, quien a su juicio se enfangaba en un “error inteligente” (de ahí a la idea de la “ciencia errónea” de Frazer parece no haber mucha distancia); o podría apelarse al manifiesto interés del profesor de Miskatonic por aclarar los orígenes de las “antiguas y crípticas religiones de la humanidad”. Más significativo que eso es, sin embargo, la oportunidad de relacionar la literatura de horror de Lovecraft con el genuino objeto de estudio de la antropología, esto es, la diversidad cultural, tan ambiciosamente explorada en la obra frazeriana. En efecto, el relato del escritor estadounidense permite abordar la cuestión. Akeley, en una de las cartas que remite a Wilmarth, quiere mostrarse sosegado a propósito del cerco tendido por las criaturas extraterrestres en torno a su granja; y es entonces cuando, con sabiduría antropológica, extrapola su sentimiento de miedo desde el contexto cósmico y lo ubica, para entenderlo, en un fructífero terreno metafísico: “El juicio que me merecían antes no eran sino una fase de la eterna tendencia humana a odiar, temer y rehuir lo radicalmente distinto”. Así pues, el miedo literario se alimenta de la experiencia de la alteridad, condición que, para occidente, la antropología ha concretado en rasgos fisionómicos y costumbres e ideas pertenecientes a los pueblos “primitivos”. Por supuesto, tampoco deja de ser relevante la inferencia inversa: que el antropólogo, por ocuparse de lo “radicalmente distinto”, está condenado a un ejercicio en algún grado siniestro. Llama la atención que el terror y la antropología no converjan en un número mayor de hombres y obras.
            Es proverbial la respuesta que una vez dio Frazer a alguien que le preguntó si le apetecía conocer a los primitivos” de los que tanto hablaba en sus libros: “¡Dios me libre!”, dijo el antropólogo de Glasgow. La sobresaltada respuesta se entiende mejor —muchísimo mejor— con solo desplazar la referencia de la pregunta a las pavorosas criaturas que se esconden en los bosques umbríos de Vermont. Albert Wilmarth, émulo norteamericano del autor de La rama dorada, no quiso saber nada de tales seres y, en la hora más cruda de la noche, optó por escapar a la ciudad.


Cenotafio en memoria de Sir Joshua Reynolds (1833).
John Constable (1776-1837)

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