jueves, 14 de marzo de 2019

Cartagena, Roma y una aldea zulú



Panorámica de Cartagena (h. 1998). Enrique Grau (1920-2004)



Las ideas que solemos hacernos de quienes percibimos como otros son harto paradójicas: nacidas en la conciencia de la extrema particularidad de esos humanos diversos, acaban cediendo su lugar a los estereotipos, que no son otra cosa que las imágenes más gruesas y borrosas de esa misma gente que antes habíamos percibido como singular. De la misma manera, en ciertas experiencias esquizofrénicas de nuestras vidas, pasamos del blanco al negro en un mismo giro del pensamiento. Tres casos —dos de ellos en celuloide— ilustran una dolencia cultural que, de tan obvia —o al menos de tan corriente—, acaso no era necesario ilustrar.
         En 1984, los colombianos experimentaron un interés prematuramente frustrado con el filme Romancing the Stone (conocido en español como El romance de la esmeralda), dirigido por Robert Zemeckis y en el que Joan Wilder, una joven escritora de novelas románticas, viaja a Cartagena para intentar rescatar a su hermana, secuestrada por el malvado Coronel Zolo y a la postre auxiliada por Jack Colton, un galán aventurero personificado por Michael Douglas. Pues bien, el orgullo colombiano de ver incluidas, en el cine más vendido del mundo, las referencias al suelo patrio, choca en la película contra lo apócrifo de la representación: la Cartagena del filme está habitada por una humanidad con rasgos mexicanos, con el agravante de que, cuando los protagonistas viajan a las montañas que se levantan más al sur, aparece en el escenario un joven pastor de llamas: como si los Montes de María o las estribaciones de la Cordillera Central fueran intercambiables con las frías alturas bolivianas. Por supuesto, esa indignación no hizo presa en el público estadounidense, para quien —con excepción de los doctores en geografía y los aventureros como Colton— lo que mostró el filme no fue otra cosa que una imagen verosímil de América Latina; o, al menos, una estampa lo suficientemente persuasiva como para que pudiera contarse la historia que se quería contar.
            Sin embargo, no se trata apenas de los embustes etnográficos de Zemeckis o de las condiciones impuestas por los productores de su filme, o quién sabe si de la recomendación técnica de aprovechar —es solo un ejemplo— la luz diurna de una Veracruz que convenía disfrazar de Cartagena. Se trata, cuando se apela al estereotipo, de una actitud humana y, por ello, susceptible de ser perpetrada incluso por un latinoamericano. Es lo que de algún modo sucedió con Roma (2018), la exitosa película dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, y en la que se narran las rutinas y dramas en que se mixturan, de modo inextricable, las vidas de una familia capitalina de clase media-alta en franco declive y la de Cleodegaria, su criada indígena. Esta última y Adela, su compañera de oficios, charlan en mixteco mientras que sus patrones riñen en español. Pero Yalitza Aparicio —la actriz que encarna a Cleo—, de madre triqui y mixteca por parte del padre, no conocía esa lengua: la aprendió antes de iniciar el rodaje. Sin embargo, Cuarón sólo necesitaba una mujer con rasgos indígenas con la que pudiera dar vida a un recuerdo querido de su infancia: su nana india Liboria Rodríguez. En pocas palabras, el director necesitaba una figura que pareciera perfectamente indígena a cualquier mexicano citadino y letrado; no le inquietó que a los hablantes nativos del mixteco Yalitza les pareciera, con su lengua recién aprendida, tan apócrifa como a los antioqueños se les antojó, en su momento, la actuación del vasco Unax Ugalde, cuyo improvisado dialecto paisa es uno de los yerros más evidentes en Rosario Tijeras (2005).
            Por supuesto, a los colombianos no corresponde tirar la primera piedra. Más acá —o más allá de las pantallas se erige la evidencia de que también en este país se cuecen las habas de los estereotipos en los escenarios del espectáculo público. En el bioparque —eufemismo de última hora para zoológico— Ukumarí, en las goteras de Pereira por la vía hacia Cerritos, la sección de animales africanos está antecedida por la representación de una aldea zulú. Allí, entre las chozas de carrizos y paja y los montajes con grandes escudos ovoides de guerra, con todo y sus lanzas, llama la atención un guía de carne y hueso que recibe a los paseantes: se trata de un hombre negro —acaso el único hombre negro al que corresponde ese rol en todo el parque—, y quien evidentemente representa a los zulúes y también, acaso, a toda la humanidad africana, sin importar su probable origen en la zona pacífica colombiana a juzgar por su español cantarino. Para colmo, a este negro universal le han pedido memorizar un guion anacrónico que, por la sola autoridad del alto grado de melanina en su piel, muy probablemente acaba imponiendo como letra bíblica en la cabeza del visitante incauto: como si acabara de cerrar La sociedad antigua (1877) de Lewis Henry Morgan, el guía enseña a los cuatro vientos que los zulúes eran un pueblo salvaje y promiscuo. Si lo dice un negro al referirse a otros como él, así será.
           Parece lícito sospechar que algo muy concreto se persigue con la disolución mediática de las infinitas particularidades del mundo étnico que rodea a cada una de las sociedades que se perciben como modernas. Quizá no se trate de otra cosa que de la usurpación de la cualidad de ser singular; porque, al mismo tiempo que la reducción empobrecedora de la imagen del otro, hemos promovido, con frenetismo, la propia figura individual en las mil versiones que nos sugieren las redes sociales: en el trabajo, con la mascota, semidesnudos en la playa, con un amigo excéntrico e, incluso, disfrazados de indios o bailando como africanos en la última fiesta. Hemos llegado a convencernos de que no nos conviene repetirnos.


La mulata cartagenera (1940). Enrique Grau (1920-2004)

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