domingo, 14 de septiembre de 2014

Una plaga de realismo



Consejo de la oruga (1969).
Salvador Dalí (1904-1989)

                                                                                                                                                                                  Para Luchito Vidal

Se diría que los antropólogos, de la misma manera que los magos con sus trucos, solo se ponen en la tarea de escribir cuando saben de antemano que tienen algo notable para mostrar a los demás; algo como el orden secreto que subyace en algún fragmento de la “realidad”, al decir del colega español Joan Mira, quien da con ese rasgo al considerar ―con no poco despecho― que a los científicos de lo humano, por líricos que sean, no les está permitido inventar los mundos que les vengan en gana. Con todo, sí les está permitido a los antropólogos relatar sus fracasadas empresas sin botín científico, según ha conseguido mostrarlo ―del modo más escarnecedor― el inglés Nigel Barley.
        En el planeta académico son muy pocos los estudiantes de antropología que no han puesto alguna vez sus ojos sobre El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro (1983), la regocijante crónica en que Barley cuenta su accidentado viaje a las montañas de Camerún; concretamente, a una aldea de nativos dowayo en donde no le fue dado observar el rito de la circuncisión que convertía a los jóvenes en adultos. Con fino humor negro, el autor británico cuenta cómo deliró por la fiebre y perdió casi todos sus dientes, sin que ello pudiera entenderse como el precio a pagar por una rutilante revelación etnográfica. La epifanía nunca llegó, y de ahí que Barley tuviera que conformarse con hacer de su libro una especie de homilía metodológica destinada a neutralizar el excesivo optimismo de quienes abordan el trabajo de campo como si se tratara de una aventura entrañable o del rito iniciático de los antropólogos más ilustrados, “santos de la Iglesia británica de la excentricidad” en palabras del cronista.
        Mucho más curiosa, por tratarse de una empresa más vacía ―una que ya no advierte sobre la fanfarronería de los etnógrafos―, resulta ser la segunda parte de las aventuras de Barley, Una plaga de orugas. El antropólogo inocente regresa a la aldea africana (1986). Con renovada candidez, el viajero retorna a la aldea dowayo para presenciar el rito de la circuncisión, pero una vez más sus ilusiones se ven frustradas: se ha malogrado la cosecha de mijo, y sin cosecha no hay ceremonia de iniciación masculina. El lector casi podría haber previsto el funesto desenlace, pues la lógica que subyace al cumplimiento de las pruebas en Occidente depara el éxito solo a las intentonas impares, sobre todo la primera ―la hazaña absoluta que da una idea de la talla de los héroes― o la tercera ―por aquello de que “la tercera es la vencida”―. Pero Barley, quien realmente no tiene un pelo de inocencia en su cabeza plateada, ya había dispuesto, capítulos atrás, una trampa que lleva al lector a entusiasmarse con la perspectiva de que por fin va a alcanzarse el botín por tantas páginas aplazado. Esa trampa era documentar, previamente, otro fracaso etnográfico: uno en que el antropólogo toma por mastectomía ritual lo que no es más que el defecto congénito de una familia ninga. La lógica que, por esa vía, mueve al lector a engaño, es la misma que el pueblo colombiano ha consolidado en aquella contundente máxima de que “al perro no lo capan dos veces”. Pero una cosa es un perro, y otra un antropólogo.
        El segundo libro de Nigel Barley es, acaso, la mejor historia que se ha contado sobre el rito no visto y, en términos generales, sobre el dato no encontrado. El autor recurre a esa perspectiva para apuntalar la originalidad de sus párrafos: “En la investigación antropológica, al igual que en otras áreas de la actividad académica, se concede poco valor a las conclusiones negativas, al descubrimiento de caminos falsos, a la demostración de extremos sin salida, a las fiestas no presenciadas. Decididamente, era una situación difícil de manejar. Por mi parte, yo no tenía la impresión de que el viaje hubiera sido infructuoso”. Sin duda que no lo ha sido, pues el viaje y su relato han permitido llevar a la bibliografía antropológica uno de los libros más realistas en la larga historia de la ciencia del hombre, ni más ni menos como las arduas historias de Balzac significaron el fin de los grandilocuentes novelones del romanticismo europeo. El gran símbolo de la contingencia contra la que chocan una y otra vez las ilusiones de los antropólogos son, precisamente, las orugas, cuya voracidad maldita es la culpable de que la cosecha de mijo se haya echado a perder; por eso se las consagra en el título, sin importar que su actuación se reduzca, más adelante, a una sola página. Por lo demás, la aparición de las insaciables criaturas, con su resultado nefasto, viene a justificar la estructura aparentemente fragmentaria de un libro cuyos episodios, de lo puro deshilvanados, se antojaban como otros tantos libros en embrión. Lo cierto es que esa armazón no podría revelar mejor ajuste, pues solo cuando se habla sistemáticamente de lo innecesario se puede llegar, convincentemente, a la revelación de la nada.
        La ortodoxia antropológica no ve con buenos ojos las confesiones de fracaso de los iniciados. Bronislaw Malinowski, solo porque admitió no haber puesto un pie en las islas de la mitad oriental del anillo Kula, mereció de Robert Lowie el feroz rótulo de “etnógrafo provinciano”, y de hecho hubo quien dijera que Los argonautas del Pacífico occidental (1922) no había sido otra cosa que “una útil adición a la literatura”. Allí está el quid, justamente: se etiqueta como literarios a los libros antropológicos que confiesan el fracaso del etnógrafo, tal como ha sucedido plenamente con los diarios de Malinowski y como, en cierto sentido, ha ocurrido con Claude Lévi-Strauss y Tristes trópicos (1955), libro “inclasificable” en que el gran estructuralista se acusa de haberse internado por el chaco brasileño imaginando que no eran hombres los hombres que lo habitaban. Todo eso explica por qué a Nigel Barley, franco hasta el cinismo, no se lo relaciona con E. E. Evans-Pritchard sino con Evelyn Waugh, autor de un libro clásico del humor inglés en el ámbito africano, Merienda de negros (1932). Quizá se abusa de lo que ese título puede tener en común con el festín de las orugas.
        El antropólogo que escribe sobre sus reveses es tan antropólogo como el que prepara un libro ordenado con conclusiones felices. De hecho, quizá este último esté más cerca de sucumbir ante el poder del discurso y diluirse como hombre, de acuerdo con Barley: “Escribir un informe es tarea peligrosa. Una vez escrito se convierte en trabajo de campo per se y adquiere vida propia. Se hace imposible pensar en que uno lo ha hecho de otra manera”. Desde los lejanos tiempos de Edward B. Tylor sabemos que de lo que se trata en la ciencia del hombre es, justamente, de conocer todas las maneras.


La Reina de Croquet Ground (1969).
Salvador Dalí (1904-1989)


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