lunes, 16 de marzo de 2015

El arte primitivo



El antropólogo en busca de las inquietantes amazonas (2006). Dare Dovidjenko (1949)



Los pintores han mostrado un interés especial por ciertas profesiones. Los médicos, quién puede negarlo, han captado buena parte de esa atención: se les ha invocado aquí y allá, en escenas tanto sublimes como mundanas. Bastaría pensar en el sabio doctor Tulp que, en el cuadro firmado por Rembrandt en 1632, diseca un cadáver ante sus espantados aprendices; o en el facultativo insinuado en La inspección médica (1894) de Toulouse-Lautrec, ese cuadro en que dos putas recién despabiladas avanzan en fila, con la falda arriba, hacia donde las espera un especialista venusino. De hecho, fue el cuadro de un médico —el Retrato del doctor Gachet (1890) de Vincent Van Gogh— el que, en su momento, alcanzó el precio más alto de la historia en el mercado pictórico: en 1990, un japonés pagó 82 y medio millones de dólares por la tela.
        Ni fascinaciones ni derroches han caracterizado la aparición de los antropólogos como objeto de la pintura. A primera vista podría decirse que ninguno de ellos ha asomado en un bastidor, y que todas sus representaciones gráficas se reducen a las muchas caricaturas que ha inspirado el oficio etnográfico. Por ejemplo, es abrumadora la popularidad que durante las últimas tres décadas ha alcanzado “The far side” (1984), aquella viñeta de Gary Larson en que se bromea respecto de la llegada de los antropólogos a un caserío tribal. Dos etnógrafos, patéticamente ataviados a la safari —están al orden del día los pantalones cortos, el sombrero de corcho y la cámara fotográfica—, descienden de una lancha mientras, desde la ventana de un bohío —precisamente donde se focaliza la escena—, tres lugareños se espantan con el avistamiento y optan por correr a esconder los modernos electrodomésticos de que se sirven en su vida cotidiana: lámpara, teléfono, televisor y videocasetera. Ni siquiera hay que llegar al extremo de interpretar que el antropólogo de campo es visto por los indígenas como alguien que puede robar sus bienes: la mofa de Larson ya queda clara con la sola denuncia del científico que, por arrogancia o candidez, cree a pie juntillas en la existencia de una humanidad primitiva, por completo pura, ajena a los embates contaminantes de la civilización occidental.
        Un cuadro reciente del pintor croata Dare Dovidjenko viene a salvar a los antropólogos del sambenito de fungir como idiotas de las tiras cómicas. Se trata de El antropólogo en busca de las inquietantes amazonas (2006), pintura al óleo en que un etnógrafo impecablemente vestido —lleva traje con corbata, como si acabara de salir de una clase en Oxford— posa junto a cuatro nativas desnudas, todos ellos acomodados en un retazo de selva en que las flores, gigantescas, se alzan sobre las figuras humanas. Habría que admitir, de entrada, que algunas trazas de la ironía de Larson sobreviven en la composición de Dovidjenko: la escena vegetal, frondosa y colorida, se antoja como la perfecta materialización de la fantasía del lugar primigenio; ese anhelo expresado, quizá de modo inigualable, en las muy citadas páginas de Tristes trópicos (1955) en que Claude Lévi-Strauss describe, emocionado, la antesala de su llegada a una aldea tupí-kawaíb: “Esos pájaros no huían de nosotros; pedrerías vivientes que erraban entre las lianas chorreantes y los torrentes frondosos contribuían a reconstruir delante de mis ojos asombrados ese cuadro del taller de los Brueghel, donde el Paraíso, ilustrado por una tierna intimidad entre las plantas, los animales y los hombres, lleva a la edad en que en el universo de los seres aún no se había consumado su escisión”. Queda claro que la pintura del croata excusa el largo remontar de los siglos que nos separan de los dos Brueghel, viejo y joven.
        Es obvio que en El antropólogo en busca de las inquietantes amazonas hay algo más que añoranzas del Jardín del Edén. Las figuras humanas de la escena, tocadas por una pátina grisácea que las hace contrastar con los verdes vivos de la fronda y los diversos colores florales, parecen encarnar la idea secular —quién sabe si el deseo— de la homogeneidad de la condición humana. Pero no es todo: también está, de presente, la noción de la reflexividad etnográfica. A pesar del trazado realista de las figuras de nativas y antropólogo, su representación se inscribe en el terreno de lo no natural, en el campo de la lógica enrarecida: los humanos no solo son grises, sino que además —como si se tratara de un cuadro de Henri Rousseau— son más pequeños que las flores; tanto, que da la impresión de que pueden escaparse, como insectos, por los intersticios del matorral que los rodea. La conclusión se impone: la reunión de unas y otro —ellas, que vivían en la selva sin temer que un científico pudiera robar su televisor, y él, que vegetaba en su universidad sin necesidad de someterse a la picadura de los mosquitos— se traduce en el surgimiento de una nueva entidad. La interacción que une a etnógrafo y amazonas arranca a cada uno de su “naturaleza cultural” y los obliga a hacer parte de una simbiosis inédita en la que nadie parece conocer los códigos. A decir verdad, y a pesar de los monos risueños y los pájaros obesos, tampoco hay inocencia en las imágenes selváticas del “Aduanero” Rousseau.
        De vuelta a las caricaturas sobre el oficio etnográfico, habría que recordar una que dibuja la típica familia indígena con cinco personajes: el padre, la madre, dos hijos y un antropólogo. Lo cierto es que esa broma sobre la impertinencia de los colegas no alcanza a disimular lo vano que resulta el esfuerzo de naturalizar lo que no es natural. Porque, a fin de cuentas, nada hay tan extraño como la escena de un antropólogo en campo; todo allí se antoja tan fuera de lugar que no alcanza a saberse si el estudioso de lo humano ha ido hasta la aldea remota —el far side— para propiciar su enrarecimiento o, paradójicamente, para repararlo. Logra entenderse que un tema tan complejo, en exceso sui géneris, solo haya merecido la atención de la vanguardia pictórica.


La inspección médica (1894).
Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901)


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