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| Ejercicios militares marroquíes (1832). Eugène Delacroix (1798-1863) |
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| El combate de Giaour y Hassan (1826). Eugène Delacroix (1798-1863) |
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| Ejercicios militares marroquíes (1832). Eugène Delacroix (1798-1863) |
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| El combate de Giaour y Hassan (1826). Eugène Delacroix (1798-1863) |
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| El rapto de Europa (1632). Rembrandt (1606-1669) |
En Meridiano de sangre (1985), novela de Cormac McCarthy, el sol y la luna aparecen en lados opuestos del paisaje, como si fueran “los extremos de un tubo común más allá de los cuales ardían mundos más allá de toda comprensión”. Una idea similar se hace Lévi-Strauss del mito y la poesía, a los que ve situados en puntos extremos a propósito de su relación con el fundamento lingüístico: la poesía, que explota la mina fonética, no puede prescindir de la forma, mientras que el mito se sitúa más allá de ella. Dicho con palabras más sugestivas: mientras que el tigre de un famoso poema de William Blake solo puede ser invocado con los sonidos abiertos de los versos exactos —Tyger Tyger, burning bright, / in the forests of the night—, poco importa con qué palabras se nos cuente el rapo de Europa por Zeus: basta que la secuestre, y punto.
En el trabajo referido —“La estructura de los mitos”, capítulo undécimo de Antropología estructural (1958)— Lévi-Strauss deja a un lado la poesía y se concentra en la estructura del mito, la cual estaría compuesta por la relación de unidades constitutivas “mayores”, los mitemas, que, en esencia, serían acciones concretas o, dicho de modo gramatical, frases conformadas por sujetos y predicados: divinidad que secuestra a mortal, relaciones de parentesco que son subestimadas, etc. El autor propone que esas acciones, materializadas de diversa manera, se reiteran en el mito, y que se relacionan con otras como ellas, las que, no pocas veces, resultan ser contradictorias. En el mito que él usa como ejemplo —el de Edipo—, una acción reiterada como la “negación de la autoctonía humana” se opone a otro tipo de repetición: la que se traduce en el mitema “afirmación de la autoctonía humana”. No importa con qué palabras se cuente el mito y ni siquiera en qué orden se cuente —podría contarlo un informante ebrio—: ese orden estructural se mantendrá incólume a todos los efectos. Esa libertad respecto a la forma es lo que, siguiendo a Lévi-Strauss, haría del mito algo opuesto a la poesía, porque si esta, para cumplir con su función expresiva, no puede renunciar al encadenamiento fonético, el mito, para cumplir con su tarea intelectual —significar la significación—, puede prescindir de él.
Carlos Reynoso, soberbio como un Zeus rioplatense, lanzó algunos rayos contra las ocurrencias levistraussianas, pero por entonces ya corría el siglo XXI. Recién parida la teoría mitemática, fueron más quienes tomaron nota de ella que quienes la objetaron: piénsese, por ejemplo, en A. J. Greimas, quien implementó esa perspectiva en el análisis literario. Con todo, una voz discreta e inteligente dio a conocer, en los primeros días, una reflexión complementaria en que había algo de reparo velado a las ideas de Lévi-Strauss: la voz de Octavio Paz. El poeta y ensayista mexicano, en Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo (1967), apela a la experiencia en su oficio no para objetar la tesis del mitema, sino para rescatar a la poesía del estatus de género meramente ruidoso al que parecía haber quedado relegada. Desde las primeras páginas de su ensayo, Paz siembra una advertencia que tanto sirve para relativizar su crítica como para relievarla: “No soy antropólogo y debería callarme”. Por fortuna no lo hizo, y, en vez de eso, dijo que en la poesía también se cumplía aquello de la permanencia estructural por medio de la repetición. Eso que Lévi-Strauss distingue, en el mito, como el “dominio de un tiempo reversible”, se concreta en el poema por medio de la recurrencia de sonidos y sentidos. En ese universo lingüístico, los sonidos aparecen con la expectativa de reaparecer, y no solo eso, sino que fenómenos como el de la rima establecen como equivalentes tanto los sonidos repetidos como los signos que los portan, de tal manera que, por ejemplo, en cierto poema de Rubén Darío, “querer” es recurrencia de “volver” no solo en sentido fonético sino, también, semántico. Escribe Paz que “en el poema, aquello que pasó, regresa y encarna de nuevo”, y eso llega a ser tan característico del género que denominamos la acción de pronunciar el poema como re-citación. Como el mito, el poema deja ver una estructura de relaciones que transcurre una y otra vez, amén de la “historia” contada: el poeta se quejará por hacerse viejo, pero eso no importa en términos estructurales, los cuales remiten al sistema de sonidos y signos que trazan entre sí relaciones recurrentes, entre la maraña de otras palabras que, acaso más tiernas pero menos significativas, gusten especialmente a los melancólicos. El escritor mexicano enuncia la semejanza entre los objetos lingüísticos que Lévi-Strauss pone en los dos extremos del tubo: “Poemas y mitos coinciden en trasmutar el tiempo en una categoría temporal especial, un pasado siempre futuro y siempre dispuesto a ser presente, a presentarse”. Alguien dirá que la recurrencia poética está amarrada a su fugaz duración fonética, pero lo mismo puede decirse en el caso del mito, el cual, a un lado del deseo del antropólogo francés, no puede no manifestarse como discurso en el tiempo. En ambos casos, la sincronía viene a ser un atributo de la diacronía, o viceversa.
Cabe suponer que Lévi-Strauss supo de la hermandad de sangre que había entre mito y poesía al otro día de la aparición de Antropología estructural. Ese mismo año, su gran amigo Roman Jakobson dictó la célebre conferencia “Lingüística y poética”, en la que, apoyado en autoridades como Edgar Allan Poe y Paul Valéry, expuso su teoría de la recurrencia como mecanismo fundamental de la función poética. De hecho, pocos años después, en 1962, el antropólogo y el lingüista firmaron un artículo a dos manos en que, con base en un poema de Charles Baudelaire —“Los gatos”—, ilustran de manera exhaustiva cómo se dispone el edificio de las recurrencias fonéticas y semánticas. Lévi-Strauss no se apea de lo que había dicho en su artículo sobre los mitemas, pero es perceptible que su renovada visión de la estructura del poema —de lo que en él es poderosamente sincrónico— lo lleva a atenuar la idea de que los dos géneros estén sembrados en lugares tan opuestos del lenguaje como el sol y la luna en el amanecer desértico de la novela de McCarthy. En una nota introductoria del artículo de 1962, suscrita, con la aquiescencia de Jakobson, nada más que por el compungido antropólogo, se lee: “Sin duda, el firmante de esta nota liminar opuso a veces el mito a la obra poética, pero quienes se lo reprocharon no advirtieron que la noción misma de contraste implicaba que ante todo ambas formas debían concebirse como términos complementarios correspondientes a una misma categoría. El acercamiento aquí esbozado no desmiente pues el carácter diferencial que habíamos destacado antes: a saber, que cada obra poética, considerada aisladamente, contiene en sí misma sus variantes ordenadas sobre un eje que puede representarse como vertical, ya que está formado por niveles superpuestos: fonológico, fonético, sintáctico, prosódico, semántico, etcétera. Mientras tanto el mito puede ser interpretado —por lo menos en el caso límite— sólo en el nivel semántico […]. Pero no hay que perder de vista el hecho de que esta distinción responde sobre todo a una exigencia práctica, la de permitir que el análisis estructural de los mitos prosiga su marcha, aun cuando falte la base propiamente lingüística”. Poema y mito son, realmente, estrellas de la misma constelación.
Dos décadas más tarde, en un artículo que Lévi-Strauss dedicó a las plantas de cólquico (Colchicum autumnale) que crecían en un poema de Guillaume Apollinaire —el artículo está sembrado en La mirada distante (1983)—, lo que se deja ver es la convicción de que poesía y mito operan de manera intercambiable. El antropólogo muestra que tanto la mecánica semiótica del poema como los enigmas de la significación mítica replican la lógica de la naturaleza, que, en el caso de las singulares plantas, se traduce en que lo generado es principio de la generación, “las madres hijas de sus hijas”, en palabras de Apollinaire. Tras una erudita exposición que este breve ensayo no puede resumir, concluye Lévi-Strauss: “Si una figura mítica, poética o más en general artística nos conmueve, es porque ofrece en cada nivel una significación específica que sin embargo sigue siendo paralela a las demás significaciones, y porque de manera más o menos notoria las captamos a todas al mismo tiempo”. La recurrencia resulta ser, así, un atributo de la realidad más que de la lengua. Nosotros mismos somos, una vez más, Lévi-Strauss —u Octavio Paz— en un mundo quieto.
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| Ídolos de los indios mandan (h. 1836). Karl Bodmer (1809-1893) |
Sal Paradise, narrador y protagonista de En la carretera (1957), la mítica novela de Jack Kerouac, tiene un amigo antropólogo. Se trata de Chad King, quien acaso estudió la ciencia del hombre en la Universidad de Columbia, donde Franz Boas —nada más y nada menos— fundó el respectivo departamento. A fin de cuentas, fue esa misma universidad por la que pasó fugazmente Kerouac en su juventud, y acaso sea la misma en la que Paradise, su alter ego, toma algunos cursos. Como quiera que sea, poco se sabe de las actividades antropológicas de King más allá de su confeso interés por la cacería de cabelleras humanas entre los indios de las praderas, pues, para desgracia del lector —o, por lo menos, del lector antropólogo— Paradise sigue como un poseso la estela de otro amigo: Dean Moriarty, a quien el propio narrador define como “idiota sagrado”, un vagabundo con mucho arrojo y ningún seso.
Al pasar por Denver,
en su primer viaje a la Costa Oeste, Paradise se aloja un par
de días en la casa materna de King. El narrador, con el propósito de dar una
idea de cómo era el antropólogo —de quien antes había dicho, apenas, que era
“nietzscheano” y que tenía “cara de brujo”—, transcribe algo que alguna vez le
oyó decir con su voz nasal y tremolante: “—Lo que siempre me gustó, Sal, de los
indios de las praderas era el modo en que siempre se avergonzaban después de
jactarse de la cantidad de cabelleras que obtenían. En La vida en el Lejano Oeste, de Ruxton, hay un indio que se pone
rojo por completo porque ha cortado muchos cueros cabelludos, y corre como un
demonio por las llanuras para glorificarse, a escondidas, de sus actos. ¡Maldición,
eso me hizo cosquillas!”. No logra saberse nada más sobre el sangriento
episodio porque, muy pronto, Paradise pierde contacto con King, obsesionado
como está por ponerse bajo la tutela de Moriarty, a quien también sigue otro
tipo tan loco como él: Carlo Marx, un poeta excéntrico que se las da de
mentalista. El narrador apenas consiente en acompañar al antropólogo a recoger
unos mapas de las montañas donde moran los indígenas, y luego se sumerge sin
remedio en los bares y fiestas juveniles de Colorado.
El
lector, sobra decirlo, no tiene más remedio que seguir los pasos errantes de
Paradise. No obstante, si le fuera dado conocer a fondo lo que ha dejado
abandonado en el nochero de King —si pudiera enterarse de ello en otra
vida o, por mejor decir, en otra lectura—, quizá sentiría tanto interés y
vértigo como los que le suscita la novela de Kerouac. Porque La vida en el Lejano Oeste (1848), de George Frederick Ruxton (1821-1848),
dista de ser un libro banal. Su autor, nacido en Inglaterra, se hizo soldado
casi en la adolescencia y por orden de Isabel II se desempeñó en las guerras
civiles españolas, y luego viajó por África y América del Norte, donde murió en
1848, esto es, cuando apenas tenía 27 años, lo cual no estorbó para que dejara material
suficiente para la confección de tres libros gruesos de aventuras por las
praderas, las Montañas Rocosas y México. Uno de sus biógrafos escribió: “Teniendo
en cuenta, de hecho, la cantidad de trabajo físico que desplegó y la extensión
de las tierras sobre las que se extendió su deambular, es casi sorprendente que
haya encontrado tiempo libre para escribir tanto”. Ruxton, como Kerouac,
siempre estuvo en el camino, lápiz en ristre.
Cuando
Ruxton volvió de España, Su Majestad lo envió, como teniente del 89.o
regimiento, a cumplir una misión en Canadá. La azarosa vida en las praderas
acabó robando su corazón, y por eso, tras renunciar al ejército real y fracasar
en una aventura comercial en las tierras ardientes del norte de África, retornó
a América, por más que en ese mismo momento lo asaltaran todas las tentaciones
geográficas, según escribió en una carta: “Mis movimientos son inciertos,
porque estoy tratando de hacer un viaje en yate a Borneo y al archipiélago
indio, […] y la Sociedad Protectora de Aborígenes desea que salga a Canadá para
organizar las tribus indias; mientras tanto, por lo que a mí respecta, deseo ir
a todas partes del mundo a la vez”. Acabó recorriendo el norte de América, desde Veracruz,
en México, hasta las Montañas Rocosas y las grandes praderas. Trabó amistad con
tramperos de montaña, cazadores de pieles y tribus indígenas, e incluso llegó a
vivir —acompañado apenas por el caballo Panchito y un par de mulas— en un
campamento en Bayou Salade, en Colorado. Finalmente, tomó rumbo hacia el este y
se radicó en Saint Louis, Missouri, donde lo sorprendió la muerte, el 29 de
agosto de 1848. La infección de una herida producida por una caída en las
Montañas Rocosas lo hizo presa fácil de un ataque de disentería. Cuando eso
ocurrió, buena parte de los textos que integran La vida en el Lejano Oeste se habían publicado en el Blackwood’s Magazine, y fueron
reeditados completos, como libro, en 1851.
La vida en el Lejano Oeste narra las
aventuras de una banda de montañeses blancos, cazadores de bisontes, en tierras
del centro de los Estados Unidos, habitadas por pawnees, sioux, arapahos y
yutas, entre otras naciones amerindias. Dos personajes se destacan: Killbuck y
La Bonte. El primero es un explorador viejo y experto con cuyas remembranzas se
abre la narración, las cuales sitúan la historia en el ambiente de dramatismo
que le corresponde: cuenta, a su campamento de tramperos y cocineras indígenas,
cómo alguna vez encontró, en medio de la pradera, un árbol untado de
putrefacción. La corteza estaba bañada de materia podrida, destilada de las
muchas cabelleras que los indios habían puesto sobre ellas quién sabe hacía
cuánto. El otro personaje es La Bonte, un trampero más joven que, en la
refriega que sigue al hediondo relato de Killbuck, resulta con dos heridas
causadas por los arapahos. Este personaje sería el alter ego de Ruxton, quien
usó ese nombre para firmar algunos de los artículos aparecidos en el Blackwood's Magazine. Acusado de
exagerar sus propias vivencias para hacerlas literatura, el teniente retirado
aclaró que apenas había atenuado la personalidad de sus cazadores blancos para
hacerlos más entrañables a ojos del lector, muchas veces reuniendo rasgos de
diferentes personas reales en un mismo personaje.
En
el segundo capítulo de La vida en el
Lejano Oeste tiene lugar el episodio que le roba el sueño a Chad King. La
banda de Killbuck y La Bonte, tras sobrevivir al ataque de los arapahos —no sin
dejar las cabelleras de cuatro compañeros en sus manos y recibir, Killbuck, una
flecha en unas de sus piernas— encuentra acogida en una aldea de indios yutas. Estos,
advertidos de la asechanza de los arapahos, envían una feroz comitiva de cien
guerreros que regresa con el trofeo de trece cueros cabelludos. La comunidad
recibe a los vencedores en medio de gritos y cantos, y las logias de la tribu
se pintan de bermellón, ocre, amarillo y negro. La asamblea nativa se dispone
en forma de paralelogramo, de manera que en el medio quedan unas pieles de
búfalo pintadas de rojo, puestas ante el “palo de las cabelleras”. De él cuelga
su “fruta sangrienta”, así como al frente de cada cabaña, en lanzas con los
emblemas totémicos, cuelgan cueros cabelludos más viejos. Algunos curanderos,
vestidos con pieles de oso y lobo, prenden una fogata en el espacio central y a
ella arriman el palo de las cabelleras. En torno se reúnen los guerreros, y alrededor
de ellos algunas mujeres danzan al son de un tambor. Aparece una comparsa de
seis hombres pintados de negro, quienes, tras lamentarse por las bajas del combate,
celebran la muerte de los enemigos y se dirigen de manera humillante a sus
cabelleras. Luego desaparecen y dejan el campo servido para que los guerreros
entonen una canción. Posteriormente, irrumpe un hombre joven pintado de negro
sobre un caballo blanco y “cuenta sus golpes” junto al palo, donde están los
demás guerreros, cada uno hablando de sus hazañas. El joven declara haber
cobrado siete cabelleras y los demás lo ratifican, y acto seguido clava su
lanza en el suelo, a un lado del poste, tras de lo cual se golpea el pecho dos
veces. Entonces, inopinadamente, da
media vuelta en el caballo y, conmovido, se aleja por la llanura. Escribe
Ruxton: “La modestia lo había embargado tras verse obligado a gritar sus
propias hazañas”. No otro es el indio, rojo de vergüenza, del que habla King.
Si hay algo que caracteriza a los prejuicios culturales es su obsesión por repetirse. Tal idea, poco original cuando se la enuncia al comienzo de la tercera década del siglo XXI, tuvo una de sus más contundentes demostraciones en Orientalismo (1978), de Edward W. Said. En ese libro, ya clásico, el erudito palestino deja ver que las ideas occidentales sobre lo que se conoce como “Oriente” son, en esencia, unos mismos empecinamientos sobre el presunto carácter falsario, concupiscente y anárquico de los pueblos situados al este y sudeste del Mediterráneo; imágenes nacidas en la literatura medieval y renacentista, ratificadas como verdades filológicas en el siglo XIX y promulgadas, en el siglo XX, como diagnósticos políticos. Parte del problema es que muchos de esos ecos fueron emitidos por quienes no creían faltar a la verdad antropológica al pensar, decir o escribir que los árabes eran gente de barba espesa y nariz ganchuda, montada en camellos en la mitad de un desierto incandescente.
Hace una década se publicó en Colombia un libro en el que, con las mejores intenciones imaginables —las de un antropólogo acaso tan erudito como Said—, se reforzó una idea prejuiciada sobre los nativos amazónicos. Se trata de la reedición de En el Putumayo y sus afluentes (1907), el reporte de viaje de Eugène Robuchon, explorador francés que en los primeros años del siglo XX fue contratado por la Casa Arana —el siniestro emporio cauchero— para hacer medición de las tierras explotadas en el área de los ríos Putumayo, Igarapaná y Caquetá, así como para caracterizar las culturas y las especies botánicas y animales de la selva. La obra fue recuperada por la Universidad del Cauca bajo el cuidado editorial de uno de los más versados amazonólogos colombianos: el antropólogo Juan Álvaro Echeverri, quien proveyó al libro de un completa reseña de la vida del autor y las circunstancias de sus viajes, así como de varios anexos documentales, entre ellos un informe de época de Thomas Whiffen sobre la desaparición de Robuchon en 1906, así como varias tablas sobre las palabras en lengua aborigen que, en el reporte del francés, aparecen transcritas e interpretadas con evidente —pero en todo caso esperable— inexactitud.
En su primera
misión, que tuvo lugar entre septiembre de 1903 y enero de 1904, Robuchon salió
de Iquitos bajando por el Amazonas, remontó el Putumayo y, luego, subió por el
Igaraparaná hasta la estación cauchera de La Chorrera. De ahí partió por tierra
para dar un rodeo que lo llevó al puesto de Último Retiro, ubicado más al norte
sobre las aguas del Igaraparaná, por el que bajó hasta la Chorrera, desde donde,
poco después, se embarcó de nuevo hacia Iquitos. El francés tomó apuntes sobre
las características de la ruta y las costumbres de los pueblos indígenas de la
región, en su mayor parte etnias que Echeverri reconoce como clanes del grupo
uitoto. Llaman la atención de Robuchon objetos como el maguaré —el ingenioso
telégrafo de la selva—, pero, sobre todo, las costumbres que a él se le antojan
más salvajes. El canibalismo es, sin duda, la que más lo inquieta, al punto de
verter en su informe —en el capítulo sexto de la parte segunda— una parrafada
de cruento colorido sobre hechos que jamás presenció: el banquete en que el
clan nonuya solía devorar a sus enemigos de guerra. Con una fruición más
intensa que la de los presuntos antropófagos, Robuchon habla de la cabeza y los
brazos de las víctimas como insumo de una “horrible operación culinaria”. La cocción
es descrita a una escala que deja ver los condimentos untados sobre la carne: “Arrójanse
en ella [una gran olla] los despojos humanos sin mutilarlos, sazonados con una
buena cantidad de ajíes rojos, y aquel puchero repugnante se pone a hervir a
fuego lento”. Cuando está lista la sopa, las presas son devoradas con una técnica
que también merece descripción detallada: “El capitán o cacique agarra un
pedazo de carne humana y después de deshacerlo en largos filamentos, se lo
lleva a la boca y comienza a chuparlo lentamente”. Menos expresivo había sido el
informe que, en el capítulo previo, el francés había ofrecido sobre una ceremonia
que sí pudo ver con sus propios ojos: el chupe del ambil de tabaco, práctica que, de todo modos, también usa para
sugerir la barbarie nativa, pues le parece que el tema fijo de conversación
durante esos conciliábulos rituales no puede ser otro que el reniego contra los
blancos y la promesa de una venganza atroz.
En un principio, los Arana vieron
con muy buenos ojos las actividades de Robuchon, toda vez que, además de
aportar pruebas palmarias sobre la bestialidad de los uitotos, el informe hacía
algunos comentarios aprobatorios sobre la gestión civilizatoria de la casa
cauchera. De ahí que fuera acordada una segunda misión, en la cual Robuchon
debía salir de La Chorrera remontando el Igaraparaná, alcanzar el Caquetá,
bajar por él hasta la confluencia con el Cahuinarí y avanzar a contracorriente
por este último para, tras dar varios saltos a tierra y ganar otras aguas,
salir del nuevo al Igaraparaná. El francés partió el 26 de octubre de 1905,
pero, tras una travesía asediada por los accidentes y el hambre, logró llegar
con más pena que gloria al punto en que el Cahiunarí se suma al Caquetá. El 3
de febrero de 1906, los acompañantes de Robuchon tomaron aguas arriba por el Cahuinarí en busca de comida, mientras
que el francés se instaló con su perro Otelo y una mujer indígena en un
campamento ocasional. Jamás volvieron a verlos, y de nada sirvió que, meses
después, se organizaran expediciones en pos de sus rastros. Sin embargo, las
malas lenguas insinuaron que la Casa Arana, si no había tenido parte en la
desaparición, al menos se alegraría por ella, pues, para entonces, Robuchon ya había
documentado, en diarios y fotografías, el trato inhumano dado los indígenas por
los caucheros. De hecho, en La vorágine
(1924), José Eustasio Rivera se valió de ese episodio para aderezar la
narración de Clemente Silva, a quien el “mosiú”, hecho personaje, le comparte
sus intenciones de denuncia: “Estos crímenes, que avergüenzan a la especie
humana […], deben ser conocidos en todo el mundo para que los gobiernos se
apresuren a remediarlos”. Pocas páginas después, se lee el lamento del viejo
Silva: “¡El infeliz francés no salió jamás!”.
Por gestión
del Cónsul de Perú en Manaos, Carlos Rey de Castro —quien además era socio de
los Arana—, se publicó en 1907 el informe de la primera expedición de Robuchon.
Sin aludir al incierto destino del francés —sobre lo cual, precisamente, el
libro buscaba tender una cortina de humo—, Rey de Castro encomia, en su
introducción, el “sentimiento patriótico” con que los caucheros peruanos adelantan
su proyecto, sin amilanarse por la nutrida presencia de indígenas en la región,
la cual constituye, sin que quepa dudarlo, “un serio peligro”. Como prueba
irrefutable de esa amenaza aparecen, en el cuerpo del informe, las siniestras
estampas de la conspiración en torno del ambil
y la cena en que se sirven la cabeza y los brazos de los enemigos. No contento
con que las descripciones del explorador justificaran su argumento sobre el
valiente sacrificio de los Arana, el cónsul dio a conocer el manuscrito entre
la gente de El Comercio, el principal
diario limeño, de modo que una reseña entusiasta circuló antes de que el
informe de Robuchon saliera de la imprenta y, por lo mismo, pudo ser incluida
como apéndice del mismo. Pero esa recensión, pieza representativa del vigor de
ciertos periodistas amodorrados, fue poco más allá de transcribir —a veces sin
comillas— las palabras del explorador. En ella, una vez más, se lee que la
cabeza y los brazos de los enemigos vencidos en la guerra se arrojan a la gran
olla de los nonuyas y que, cocido el puchero, el cacique reduce un pedazo de carne
a sus filamentos. Así pues, la primera edición de En el Putumayo y sus afluentes cuenta, entre sus características,
con la de ofrecer, en el apéndice, un reflejo completo de algunos de sus
pasajes; casualmente, de aquellos que hacen ver a los uitotos como una
comunidad extravagante.
En la
recuperación documental de 2010, Juan Álvaro Echeverri pone en contexto todas
esas circunstancias, las cuales ilumina con los datos obtenidos en una exhaustiva
investigación documental que adelantó en 2005 con financiación del CNRS de
París. Rápidamente, en su ensayo introductorio, el antropólogo advierte que la
Casa Arana había asolado el Amazonas con sus inhumanas atrocidades, y que Robuchon
había acabado por registrar, con su cámara, buena parte de esos crímenes. Sin
embargo, guiado por el deseo de ser minucioso en su ambientación al lector y
por relievar los datos más interesantes para la disciplina antropológica, Echeverri
reproduce in extenso los principales pasajes de la descripción etnográfica del
autor: la apariencia física y el atuendo de los indígenas, el chupe del ambil de tabaco y la antropofagia. Se
lee en ese introito: “El capitán o cacique agarra un pedazo de carne humana…”.
Para colmo, el antropólogo suma a ese anticipo del texto la imagen, igualmente
dramática —incluye vísceras sangrantes y a medio tostar— de un festín caníbal
que le fue referido a Konrad Theodor Preuss en 1915. Pero, aún sin ese
complemento, lo que queda claro es que la reedición del informe de Robuchon se
conforma como la repetición de una misma imagen en un juego espejos: la
introducción anticipa, completas, las imágenes que el cuerpo de la obra original
contiene, una de cuyas partes es, a su vez, una reseña periodística que, con
toda minuciosidad, las recuerda una vez más.
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| Mohini (s. f.). Raja Ravi Varma (1848-1906) |
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| Rey con reina (h. 1890). Raja Ravi Varma (1848-1906) |
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| Anciano afligido (1890). Vincent van Gogh (1853-1890) |
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| Viejos comiendo sopa (1823). Francisco de Goya (1746-1828) |
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| El ratón de biblioteca (1850). Carl Spitzweg (1808-1885) |
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| El lector en el parque (1850). Carl Spitzweg (1808-1850) |
Las tentaciones de San Antonio Abad (h. 1515). Hieronymus Bosch (1450-1516) En el colofón de uno de sus libros, el escritor inglés M. R. Ja...